Luz de luna

Los refugiados: el éxodo de las sombras molestas

16.09.2015 | 01:30

Quizás alguien piense que se trata del argumento de una película, pero en realidad es un drama social que va dejando por el camino un reguero interminable y molesto de cadáveres. El éxodo masivo de refugiados hacia Europa, producto de la guerra en Siria y otras zonas vinculadas a Estado Islámico, ha supuesto una bofetada a todas las potencias del primer mundo, incapaces de contener esta avalancha de desesperación que atraviesa miles de kilómetros huyendo del terror y la barbarie.

Desde nuestra mentalidad, propia de una sociedad del estado del bienestar, no concebimos una movilidad de esas características, y plantemos la necesidad de acabar con guerras y miserias ayudando al desarrollo de los países pobres cuando lo que le interesa es que existan desequilibrios en pos de las desigualdades. Esto es así porque se fomenta la total dependencia de su balanza comercial respecto a ese primer mundo; se intervienen sus Estados a través de Gobiernos títeres auspiciados por revueltas y golpes militares; son una garantía para deslocalizar la producción de las grandes firmas comerciales utilizando mano de obra esclava; constituyen el laboratorio perfecto para experimentar en su suelo con armamento militar, a la vez que vendérselo para promover así infinidad de guerras; y se permite expandir epidemias generadas en laboratorios, que se transforman luego en otra millonaria capitalización para las empresas farmacéuticas a base de vidas que nadie reclama. No seamos idiotas: los conflictos armados no son la única clave.

Hace poco les hablaba de la construcción de muros en Europa para frenar la inmigración, pero me he dado cuenta que el mayor de todos es el mar Mediterráneo, un gran cementerio anónimo.

La imagen del cuerpo inerte del niño sirio Aylan Kurdi en la orilla de una playa en el sudoeste de Turquía, cuando trataba de llegar con su familia a la isla de Kos (Grecia), se ha convertido en el símbolo de la tragedia de esos refugiados, y me pregunto si es necesario llegar a estos extremos para tomar conciencia de esta situación, a la vez que cuestiono la cortina de humo tendente a mostrar una Europa solidaria cuando en realidad la integran sociedades muy cerradas y clasistas en las que no se va a permitir que lo externo interfiera en el orden e idiosincrasia de lo interno, caso por ejemplo de Austria y Suecia, entre otros muchos.

Precisamente, asistimos a un choque entre dos fuerzas antagónicas: la xenofobia y la referida solidaridad. La primera se ha extendido por el continente, auspiciada por gobiernos de derechas y ultranacionalistas, pero ya existía en el propio sustrato de su idiosincrasia. Una de estas muestras fue la zancadilla que la periodista húngara Petra Lazlo le puso a un padre sirio. Esto se puede interpretar incluso como una metáfora de la falsa ayuda que las autoridades europeas quieren prestarles.

Su correlación la hemos comprobado en las declaraciones del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, que volvió a enarbolar la bandera de la xenofobia propia del Partido Popular, llamando a la seguridad nacional porque España podría verse afectada -por no decir invadida- ante la llegada de ficticios refugiados, que en realidad son miembros del Estado Islámico, argumento político que será utilizado tanto para las próximas elecciones generales como para manipular este tema a la hora de hablar del gasto social.

En el bando opuesto tenemos a parte de la ciudadanía europea, que ha vuelto a dar una lección de civismo al ofrecer alojamiento a muchos de aquellos, destacando una vez más el caso de Islandia, que nuevamente le plantó cara a su propio Gobierno.

Las vías de los trenes son improvisados caminos que recorren esas masas informes de desesperados, malolientes tras semanas sin asearse, confundiendo Austria con Australia y repitiendo incansablemente la palabra "Alemania" como si fuese el paraíso, pero al final se han sustituido los vagones de la muerte del nazismo, que llevaban hacinados a los judíos, por falsos autobuses de la esperanza, otro engaño del primer mundo.

Francisco Javier León Álvarez es licenciado en Geografía e Historia

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