Por peteneras

Migrantes y nativos

16.09.2015 | 01:30

En el invierno de 1890, en Wounded Knee, el Séptimo Regimiento de Caballería pasó por las armas a cientos de sioux a los que guiaba, viejo y enfermo, el jefe Pie Grande. Los soldados estaban al mando del coronel James Forsyth y procedían de las reservas de Pine Ridge y Rosebud, en Dakota del Sur. Rosebud era también el enigmático nombre que aparecía escrito en el trineo infantil del protagonista de Ciudadano Kane, una de las obras maestras de Orson Welles y una lúcida e implacable reflexión sobre la vida del magnate de la prensa norteamericana e icono del capitalismo William Randolph Hearst. Las referencias históricas –casi siempre mezcla de realidad y leyenda– hablan de un balance de trescientos cincuenta nativos muertos, de los que cerca de un tercio eran mujeres y niños, frente a los venticinco soldados de casaca azul caídos en la escaramuza. Mientras las tropas uniformadas se limitaron a disparar sus rifles con disciplina, orden y puntería, la canalla cobriza se dedicó a bailar una danza y entonar un góspel para protegerse, sin éxito, de las balas del hombre blanco. De ese modo, casi finalizando el siglo XIX, terminaron igualmente las guerras indias de la forma en que suelen terminar las guerras: con la derrota del enemigo y el confinamiento o la eliminación de sus restos. Así terminó, también, la conquista de Canarias por los ejércitos castellanos cuatro siglos antes, dicen que durante uno de los últimos días del invierno de 1495, en un barranco del norte de Tenerife, si bien aquí no ha habido un John Ford que narrara el otoño guanche. En una primera aproximación cabe afirmar que los nativos eran los ya desarmados indios lakotas o los resistentes aborígenes, mientras que los guerreros yanquis y castellanos, beneficiarios de una incipiente y prometedora industria armamentística, eran los resultados de las sucesivas migraciones procedentes de Europa, que habían alcanzado las llanuras del oeste americano en oleadas, o se habían enrolado en los tercios en busca de futuro o huyendo del hambre. Puede que una mezcla de emprendedores y carne de maco, una fusión genética entre comerciantes dispuestos a hacerse ricos en poco tiempo, retazos de un lumpen multicolor, y mercenarios dispuestos a cambiar los calzones de campaña por lencería de seda, y las albóndigas de ajusticiado por chuletas de ternera. En cualquier caso, todos eran descendientes de los bípedos oscuros y cubiertos de vello que emergieron de África, migraron y se extendieron por el planeta hace millones de años, desarrollando un principio de conciencia al mismo tiempo que su cerebro aumentaba de tamaño ante el reto de la supervivencia. Es decir, el monolito de Kubrick, la invención de Caín, la pujante investigación militar, la política como manual de campaña para decidir el momento del disparo, la tribu, la alambrada y la frontera, la sorpresa de Jacinto Chiclana o de Pedro Navaja, la religión como excusa cobarde, la nación como muleta, y la patria como justificación del migrante de ayer para impedir el paso al de hoy.

Rafael Alonso Solís es profesor de la Universidad de La Laguna

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