Desmadejando la hebra

Alzar la mirada

10.09.2015 | 02:00

N o sé callar cuando me habla el corazón pero tampoco sé por donde empezar. No sé si entonar un mea culpa o ponerme a escupir las babas que me provoca ver tanta inhumana, inmoral y cruel barbarie. Si entono el mea culpa sería fácil, muy fácil, por aquello de la costumbre de darse golpes de pecho; siempre lo hacemos, somos unos expertos en hacer y reproducir continuamente esta conducta en cualquier crisis humanitaria, social, política o económica: nos dicen que nosotros también somos los culpables; nos dicen que seamos pacientes; nos piden austeridad, apretarnos el cinturón y lo hacemos, como gallina que sigue la raya, aguantamos y asumimos, dejándonos acariciar el lomo ante nuestras desgracias alimentando nuestra soberbia y nuestro egoísmo con lo que cultivamos, lo que creemos que es el bien, el capital; desterrando lo que realmente importa: alzar la mirada, pensar despacio y caminar con la frente alta ante uno mismo y ante "el otro".
Pero si opto por la otra vía, la de vomitar el espumarajo fermentado en las tripas, no consigo ni encontrar la sinceridad, ni la calma; al contrario, me indigno, me revuelco en mi torturada conciencia e intento coger aire para ponerme a correr por la vergüenza que siento al ver toda esta atrocidad que anega la tierra de sangre y lágrimas derramadas por aquellos que se le suponen derechos.

¿Por cuál optar entonces, por la pasividad o darme de bofetadas por esta inacción propia de una espectadora impávida e inconmovible?
Opto por la de alzar los ojos, la mirada. Opto por ser una ciudadana con conciencia colectiva. Opto por mantener los pies en contacto con la tierra. Opto por no aferrarme a que el presente se construye con los mimbres del pasado. Opto por no ser partidaria de la medias tintas en lo que tiene que ver con los derechos y la dignidad humana. Hay que practicar la agonía y querer romper estas cadenas que aprietan el pulmón y el hígado de los que gritamos, con la mayor de la voluntades, solidaridad y sentido común ante un drama que requiere humanidad. Opto por mirar al cielo, abstraerse mirando su belleza, como si de una majestuosa cúpula renacentista se tratara. Opto por la fraternidad, la ayuda, el apoyo y la participación local, autonómica -en 1992 y 1994 se acogió a 2.500 refugiados de Bosnia Herzegovina mientras España atravesaba la mayor crisis económica conocida-, nacional e internacional, a través de las "ciudades refugio", con esas almas que soñaron con una vida mejor, en la eufemística "Europa de los Pueblos", pero que, aquí, encontraron la muerte. Opto por no seguir con la tenaz y perseverante inercia ante imágenes de niños en volandas, barcos atestados de personas hacinadas y la más terrible de todas, la que ahora se ha convertido en la imagen de esta grave e impúdica crisis de valores, la de Aylan, el niño sirio que yacía en una orilla del mar de Turquía como un muñeco de trapo olvidado. Imagen que ha recorrido el mundo y que demuestra el horror de una Europa preocupada por rodear de afiladas alambradas haciéndonos rehenes y cómplices de una historia que se repite. Hay que dejar de mirarse el ombligo y alzar la vista al mundo dejando de practicar el postureo de la bondad: sean honestos de una vez por todas ante la crisis de los refugiados. Europa no puede ejercer como el portero de discoteca siguiendo el criterio de selección del: tú si, tú no, tú si, tú no... Es fácil jugar con vidas ajenas cuando no las ves, cuando las entiendes como un nauseabundo detrito enterrado en la arena de cualquier mar, del Mediterráneo o del Atlántico, o asaltado vallas huyendo de la pobreza y de las guerras. Europa ha sido y es testigo de ello, de todo. Y como tal, arrogándose el eslogan del "guardián", responsable de esta vidas que se ahogan, que se depositan en improvisados, o no, campos de concentración, encerrados como malas reses, que se destierran en tierra de nadie, que se golpean con pelotas de goma o que se dejan morir de hambre.

No podemos dejar en las orillas del mar a ningún individuo destruido, aplastado por el injusto yugo de las circunstancias. ¡Alcen los ojos! ¡Actúen! Europa es responsable. No hundan la mirada en la arena del mar.

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