Luz de luna

¿Cómo ponerle fin a la violencia de género?

09.09.2015 | 02:20

Cada día me levanto aturdido por una pesadilla en la cual tengo las manos manchadas de sangre, y eso me destroza mental y físicamente. Nunca he sentido atracción por la violencia y rehúyo a todas aquellas personas que muestran un sentido de posesión y dominación hacia otras. Todos tenemos derecho a la libertad y a decidir qué hacer con nuestras vidas, eligiendo el camino que consideremos más adecuado para alcanzar unas metas y objetivos sin que nadie nos coaccione o anule hasta convertirnos en un pedregal pisoteado a diestro y siniestro.

La violencia de género se expande por calles, barrios y ciudades y no solo afecta mayoritariamente a las mujeres, sino que se ceba cada vez más sobre los menores de edad, un objetivo fácil en manos de asesinos que necesitan eliminarlos para cortar todo cordón umbilical que les remita a su antigua pareja antes de intentar acabar con su propia vida, una actitud de cobardes que no saben enfrentarse a los problemas y que proyectan su verdadera condición de violentos con la que viven y disfrutan a diario.

Muchos hombres asumen que son los dueños de las mujeres, lo que conlleva desde obligarlas a vestir de una determinada manera hasta el modo en que tienen que comportarse en público. Su posesión y dominación supone tanto la destrucción de esa libertad indicada como la plasmación de un sentimiento enfermizo tras el cual suele esconderse la proyección de los malos tratos que han sufrido en su niñez, y que ahora canalizan en terceras personas.

En muchas de las casas de este país se vive bajo el yugo patriarcal donde impera el miedo sicológico impuesto por el macho de turno, al cual se le debe respeto y obediencia por encima de todo. Él impone las normas y decide por el resto, traza la línea a seguir por los que habitan bajo su mismo techo, y cualquier forma de pensar opuesta desemboca en una ola de violencia sicológica y física, y de ahí al asesinado no existe mucha distancia.

España es un país enormemente machista, lo mismo que el resto de sangre latina, creando el caldo de cultivo necesario para dar cabida a la violencia de género. Esa actitud comienza tempranamente, ya que los varones y las hembras reciben una educación diferenciada producto del rol que se les exige en sus propios ambientes familiares y de las presiones sociales. Ellos asumen que traerán el salario al hogar, darán cobijo y protección al resto de los integrantes gracias a la identificación del sexo masculino con la fuerza física, y marcarán el patrón de las relación y conducta interfamiliar. Por el contrario, las mujeres serán solo un instrumento en sus manos, desde cuya niñez se les inculca que deberán atender a las tareas domésticas de ese mismo hogar sin que sean valoradas, ya que simplemente son su obligación, un ámbito que de ningún modo les pertenece salvo si sus maridos les ceden el espacio necesario para que ellas mismas crean así que están realizadas. A su vez, serán máquinas sexuales manipuladas para satisfacer necesidades según el momento y deberán asumir su papel exclusivo de que han nacido para parir y criar hijos. Su educación, sus hobbies o su propia autonomía no existen porque no es necesaria a ojos de aquellos.

Cuando algo falla en el mecanismo de posesión y de obediencia, entonces se recurre al maltrato físico como fórmula de escarmiento para aprender la lección y corregir una conducta desviada de la pauta machista que manda bajo las cuatro paredes. Si eso tampoco funciona, se puede llegar a ese acto sin sentido de matar como última etapa en este comportamiento en el cual el verdugo no permitirá que la víctima sea libre porque nunca lo ha sido, salvo cuando está a su lado. Quien piense así es un asesino en potencia.

Francisco Javier León Álvarez es licenciado en Geografía e Historia

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