La Ciprea

Soy de la izquierda radical

08.09.2015 | 02:20

Me acabo de enterar: soy de la izquierda radical y acabo de arruinar la economía de mi país yo solita. Lo malo es que últimamente tengo una cierta tendencia a fablar en gallego y me pregunto si seré más radical de lo previsto y me pregunto, con excesiva inquietud, si el señor Montoro ha tenido noticias de esta actitud mía tan suprarrevolucionaria (que vaya usted a saber lo que eso significa para el señor Montoro). Porque hace cincuenta años ya se sabía: si leías a Marx, a Lenin y a Trosky y levantabas el puño a la menor de cambio o te jugabas la vida por usar ciclostil y cantar las excelencias del comunismo internacional o llevabas a los perseguidos meriendas y libretas debajo del abrigo de pana, pues lo eras y punto. Pero, ¿hoy? ¿Hoy, de verdad cree este buen señor que hay izquierdas radicales? ¿No se estará confundiendo con las alegres comadres de Windsor que corren desnudas por las ferias de ganado para salvar de la muerte a algún toro bravo? ¿O se refiere a los muchachos de grafitis de amor y casas ocupacionales? No lo sé. Me abruma este hombre, de verdad.

Lo más curioso de esta historia de los radicales es tener conciencia de que el tipo se lo cree de verdad; que no es un ardid cara a las elecciones para hacernos entrar en barrena y organizar los comandos del miedo a discreción. Que lo vive como una experiencia íntima y eso hace que nos vea y, además y aún a costa de no saber nuestros nombres y apellidos, nos tenga vigilados, acosados y todo lo que se le puede exigir a un ser humano para mantenerlo en vilo. Porque uno piensa que si Montoro lo sabe, lo lógico es que te vigile y, si te vigila, la consecuencia, igualmente lógica, es que te analice la declaración de la renta hasta llegar a la conclusión de que lo engañas y haces trampas en tus declaraciones y desde que se entere de que eres radical va a empezar a meterte multas por cualquier descuido incluidos recitales con facturas pro forma.

Pero lo que más me preocupa en estos momentos es tener constancia de que por pensar como pienso y sentir como siento me he cargado la economía de mi patria. Porque este ejecutor de la ley económica ha dicho lo que ha dicho sin respirar, sin perder la postura y sin pestañear detrás de sus tiernas gafitas de ratoncillo infiel. Él no ha hecho nada por llevarnos al derrumbamiento. No. ¡Qué va! La culpa es de usted, de usted y mía por leer a Hegel y creernos a pie juntillas ese rollazo de la dialéctica.

Elsa López es escritora

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