AlaContra

Me acosté con ratas

Los dependientes, una vez más, han vuelto a sufrir el peso del martillo con que la consejera, ya destituida, golpeó contra sus cabezas a lo largo de dos legislaturas

06.09.2015 | 02:04
Una asistente de Cruz Roja cuida a una anciana dependiente en su domicilio en Tenerife.

Fue una pesadilla. Un mal sueño. De estos de los que te despiertas del susto y sobresaltado.

Dormía como un lebrancho, más a gusto que un pato, sin que las sábanas cubrieran mi escultural cuerpo (en plan Kim Basinguer), porque el calor del ardiente agosto me mataba. Dormía, y lo hacía profundamente, aunque medio mareado porque las últimas caipiriñas brasileiras habían colmado mi cupo la noche anterior (este relato empieza a parecerse a una novela de Alberto Vázquez Figueroa).

Sentí, mientras soñaba, entre mi cogote y pescuezo, el aliento caluroso de alguien que hacía más placentero el descanso. Estaba tan a gusto que disfrutaba de los pellizcos, que a modo de disimuladas mordidas me espetaban en mi pequeño cuello. No quería abrir los ojos, pero sentí un roce en la cara, y los abrí para sorprendentemente descubrir que una enorme cuca volona se había posado en mi cara. Del susto, pero profundamente dormido, intenté pedirle a quien me acompañaba que me quitara aquel bicho del hocico, pero, para mi sorpresa, a mi lado no había nadie. O por lo menos no a quien imaginaba que me acompañaba. Y mi corazón latió revolucionado al descubrir que quienes me largaban el aliento y pellizcos eran un buen puñado de enormes ratas con la caras de conocidos políticos. Algunos me resultaban muy conocidos. ¡Dios! Sabía que era una pesadilla, un mal sueño, y quería terminar aquella aventura ya y levantarme... pero, al intentarlo, no pude. Alrededor de mi cama perecían moribundos ancianos, discapacitados, gente impedida junto a sus familiares. Las putas ratas les habían seducido y mordido en el pescuezo. Igual que a mí. La angustia me ahogaba... y, de repente, alguien, en medio de la casi oscuridad gritó: "Te lo advertí". ¿Quién eres? pregunté temeroso. Y en medio de aquel sepulcral silencio respondió: "Soy Momo". Y de un golpe desperté, sudando, con el corazón a punto de salirme por la boca. Tomé resuello e intenté calmarme concienciándome de que aquello había sido simplemente una pesadilla. Un mal sueño.

Me levanté, me dí una larga ducha...y bajé a desayunar. Allí me esperaban mi buen tazón de cereales, mi jugo de piña de Hacendado (del Mercadona, barato y sin azúcar), una jugosa tortilla de 4 claras y una yema... y el periódico. Lo abrí...y ¡maldita la hora! Allí estaba mi pesadilla convertida en noticia: Jerónimo Saavedra (Momo para los amigos), denuncia que el Gobierno de Canarias incorporó a más de 9.000 isleños como dependientes en las estadísticas, a pesar de que nunca estuvieron incluidos en el sistema estatal para la Atención a la Dependencia.

* De la pesadilla a la cruda realidad:

La vuelta de las vacaciones supone retomar el pulso con la rutina, con nuestro día a día. Mientras vivimos inmersos en esas semanas de tranquilidad, en las que no tienes que estar pendiente de las gamberradas a las que nos tienen acostumbrados algunos políticos canarios, entramos en una especie de karma espiritual en el que logramos evadirnos de la actualidad informativa que nos persigue a lo largo del año. Hasta que llegas a casa, te sientas en tu sillón y te da por actualizar la hemeroteca. Entonces te das cuenta de que nada ha cambiado, de que los de siempre siguen haciendo de las suyas y, lo que es peor, de que incluso los que ya no están siguen dejando titulares para la infame historia de Canarias.

Es entonces cuando te topas con que la Consejería de Bienestar Social del Gobierno de Canarias, la que durante ocho años capitaneó Inés Rojas (a quien vi en mis sueños), mintió hasta el último momento en asuntos de máxima trascendencia para uno de los sectores más débiles de nuestra sociedad: las personas que necesitan de otros para valerse en su día a día. Los dependientes, una vez más, han vuelto a sufrir el peso del martillo con que la consejera, ya destituida, golpeó contra sus cabezas a lo largo de dos legislaturas. El último ataque a su dignidad lo desvelaba esta semana el Diputado del Común del Archipiélago, al revelar que durante 2014 fueron incorporados al Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia 9.000 canarios. Ese, al menos, fue el anuncio que a bombo y platillo lanzó Inés Rojas. La realidad descubierta, sin embargo, es bien distinta.

De esas 9.000 personas, sólo, y repito, sólo estaban reconocidas por el sistema nacional entre 400 y 500 dependientes. Aunque lo pueda parecer, no me he tragado ningún cero. Otro escándalo, el enésimo, alrededor de la gestión del Gobierno de Paulino Rivero (que también apareció en mi pesadilla, mientras dormía y cuando he estado desierto, y ustedes saben a lo que me refiero) vuelve a estar servido. Con los más débiles, con los más necesitados, el Ejecutivo regional hizo política rastrera, marrullera, y una vez más se vuelve a demostrar. Tanto Izquierda Unida como el PP, partidos antagónicos donde los haya, han puesto el grito en el cielo y llevarán el caso al Congreso, donde se buscarán responsables.

Lo peor es que no hay justificación humana para tan cruel proceder. La excusa política era falsear los datos para salir de la cola de la atención a personas dependientes, triste cruz que ha acompañado al Gobierno de Canarias desde que se puso en marcha la ambiciosa Ley. Mientras, el Gobierno actual traga sapos, intentando que pase el temporal y busca entre cientos de expedientes la cifra real que ocultó el anterior Ejecutivo. Los partidos son los mismos, CC y PSOE (malditos roedores), de ahí el silencio cómplice de quienes prefieren pasar página a depurar las responsabilidades. Alguien tiene que pedir perdón, alguien tiene que dar la cara y asumir en carne propia la desgracia que supone jugar con las ilusiones de familias con vidas rotas por culpa de la negligencia de unos políticos incompetentes.

Postdata:

Somos un pueblo cobarde y aplatanado. Somos una sociedad torpe y simplona. Somos esa especie de cloaca adictiva para un buen puñado de políticos, para los que, en definitiva, somos un excelente caldo de cultivo donde ellos están muy cómodos y campan y gobiernan a sus anchas. Nuestra actitud como pueblo nos define: somos capaces de tirarnos a la calle en contra o a favor de las prospecciones cerca de nuestras costas; en contra o a favor de las enormes torres de alta tensión que intentaron levantar gobiernos y eléctrica en medio de nuestros montes; de movilizarnos cuando el equipo local sale del agujero de Segunda División... pero permanecemos quietos, inmóviles, mientras un puñado de conocidas ratas (las de siempre) vejan a los más débiles; mientras maltratan y engañan a nuestros menores, jóvenes y ancianos desvalidos; mientras escachan los derechos de los dependientes y de sus familias.

De verdad, de las ratas... me lo esperaba. De la sociedad en la que vivo y de mi mismo... ¡no!. Y mira que nos lo advirtieron. He dicho.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine