Luz de luna

Muros y vallas contra la inmigración

02.09.2015 | 03:44

H ace unos años me detuve delante de él. Bajo su color grisáceo se escondía toda una maraña de venas de hierro que lo recorrían de lado a lado, mostrando las entrañas de un monstruo ahora envejecido y decrépito, cuya piel había sido acribillada por la ira de aquellos a los que oprimió durante décadas. Recorrí su vasta existencia con mi mano temblorosa y la rugosidad del hormigón me transportó a los años en que los vigilantes de las torretas mataban a todo aquel que trababa de cruzarlo. Alcé la vista y me pregunté cuántos como yo trataron de buscar antes lo que había más allá de ese muro, lo que se les negaba mientras vivían bajo el temor. El pasado se hacía presente a través de las casas que reflejaban una arquitectura cuadrangular mientras las farolas se perpetuaban de forma paralela a ese muro, cuya luz mortecina era sinónimo de delación de las huidas.

Berlín te deja esta sensación allí por donde pasas, mirando en silencio la línea monumental sobre las vías que indica de manera simbólica cuál era el trazado de aquellos 1.378 kilómetros del férreo Telón de Acero. Las terribles noticias sobre la gran cantidad de muertos en el Mediterráneo, que huían del hambre y la miseria de sus países en África con el fin de alcanzar una vida mejor en Europa, y las masas de desplazados producto de la guerra en las zonas de conflicto con Estado Islámico me recordaron la exposición Wall on Wall del fotógrafo Kai Wiedenhöfer, expuesta en 2013 en la East Side Gallery, una galería al aire libre sobre restos del indicado muro. En ella se hacía un recorrido por diferentes estructuras de este tipo que han separado fronteras y personas, con la cual pretendía denunciar esta discriminación y privación de la libertad de la población civil, la falta de ayuda y cooperación internacional para el desarrollo, las víctimas de las guerras y la necesidad de la emigración como fórmula desesperada de supervivencia.

Hoy en día existen multitud de muros y vallas convertidos en trampas mortales, barreras con las que tanto los gobiernos nacionalistas como otros supuestamente demócratas -ambos caracterizados por su fuerte componente xenófobo- tratan a toda costa de evitar la entrada de extranjeros, lo que demuestra que no existe solidaridad ni garantías para acabar con los desequilibrios mundiales. En el mapa de Europa se han sustituido los campos de exterminio nazis por vallas de contención para frenar esa oleada migratoria que desestabilice su modelo de vida, y amparados por la Unión Europea. En 2013 se construyó una de carácter fronteriza en la provincia turca de Erdine de 12,5 kilómetros con tres millones de euros de fondos europeos para frenar esta oleada proveniente de Asia y Oriente Próximo, a la cual se pueden sumar otros 30 kilómetros de alambre y concertinas en las localidades fronterizas búlgaras de Lesovo y Kraynovo, los 135 kilómetros de vallado proyectados en Hungría, y los 12 y 8 kilómetros de Melilla y Ceuta, respectivamente, todos con el mismo fin.
Esta forma de proceder no es nueva, pues históricamente ha integrado esa imposición de aislar y defender intereses, lesionado libertades y derechos de quienes la sufren. De ahí que Kai Wiedenhöfer nos invitaba a reflexionar sobre la condición humana cuando nos presentaba la Pace Line o el Pace Wall en el Norte de Irlanda, las barreras de seguridad que separaron a los unionistas (protestantes) de los nacionalistas (católicos) a través de 15 kilómetros, construidas en ciudades como Belfast, Derry y Portadown, entre otras, el mismo parámetro que la Green Line en Chipre, 180 kilómetros de zona desmilitarizada que divide la parte septentrional en poder de la República Turca del Norte de Chipre de la parte meridional bajo el control de Chipre, idéntica circunstancia que desgarra a las s Coreas con otros 248 kilómetros.

Algún día los desarrapados nos devolverán lo que sembramos y comprenderemos el mensaje de los grafitos que Bansky pintó en el Muro de Cisjordania, 721 kilómetros de hormigón convertidos en una auténtica vergüenza internacional con el que Israel se ha apoderado de un territorio que no le corresponde, mientras los estadounidenses serán los nuevos espaldas mojadas que morirán intentando cruzar algún punto de la valla de 3.141 kilómetros que los separa de Méjico. Entonces el norte será el sur, tal y como decía una canción de Ricardo Arjona.

Francisco Javier León Álvarez
Licenciado en Geografía e Historia

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