La Ciprea

Emigrar para morir

01.09.2015 | 02:20

H uyen de algo. Del hambre, de las guerras, de la vida miserable que les ha tocado vivir. Huyen de sus compatriotas, de los odios tribales, de las rencillas y desprecios inventados por los otros. Huyen de otras etnias, de otros pensamientos, de otras religiones. Huyen de miles de sitios y de miles de motivos. Es un problema secular. Riadas de seres humanos han cruzado ríos, mares y continentes enteros para encontrar una vida mejor en la que instalarse y volver a empezar. No es nueva la historia. Nosotros también emigramos un día y llegamos a América del Norte en largas caravanas buscando nuevos horizontes en los que sobrevivir. Y llegamos a América del Sur en barcos cargados de hambre y de necesidades que no podíamos saciar en nuestras tierras. Y emigramos hacia Europa dejando atrás nuestras antiguas raíces, y nos extendimos por la tierra arrastrando hijos y pertenencias para ocupar lugares que nunca antes fueron ocupados y, si lo estaban, poder quedarnos en ellos. Se confundieron lenguas, costumbres y creencias y se formaron colonias que, agrupadas como los animales de otras especies, formaron nuevas familias con nuevos nombres y nuevas formas de sobrevivir.

Esa es la historia y a nadie le asombra escucharla cuando se la cuentan; a nadie le produce resquemor reconocerse en esos antepasados que llegaron un día y ocuparon lugares y geografías a las que pusieron nombres por estrenar o arribaron a países ya organizados en los que se adaptaron y vivieron durante generaciones. Y si ahora nos produce asombro y miedo lo que intentan otros es que no tenemos memoria histórica o es que ya nos hemos convertido en animales tan sedentarios y tan acostumbrados a una manera egocéntrica de vivir, que no entendemos el dolor de los que llegan a pedir un lugar en el que poder quedarse; un lugar sin miedos en el que poder descansar y multiplicarse.

Ellos emigran y lo único que intentan es llegar. Cueste lo que cueste. Es la promesa de una vida mejor para ellos y sus hijos. Solo eso. Pero tenemos miedo a sus rostros, al color de su piel, a su aspecto miserable, a sus palabras incomprensibles, a sus creencias y a sus costumbres, y les ponemos vallas, alambradas de espinos, muros altos y altas mareas donde morir. Y los recibimos con palos, insultos, temores, y toda suerte de recelos hacia los que vienen por tierra o por mar. Que por aire solo llegan los que se enriquecen con este éxodo, los que los engañan para seguir sacando beneficios de esa huida hacia adelante en busca de una felicidad que solo disfrutan aquellos que los conducen a nuevas miserias y, en muchos casos, a la muerte.

Elsa López
Escritora

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