La Ciprea

El andar de la perrita

25.08.2015 | 03:12

Y a lo conocemos y no nos valen distracciones al respecto. Es ese andar que nos descubre lo que tiene o padece el animalito y que le obliga a caminar de una determinada manera. El dicho tiene su aquello y lo ponemos en cualquier parte cuando desconfiamos de algo o de alguien y empezamos a vislumbrar algún resquicio por el que asoma la verdad de la cuestión que nos hemos planteado. Hoy tengo una.
¿Es posible que haya tantos escritores en el mundo? ¿Es posible que existan tantas plumas auténticamente dedicadas a la escritura o son meras apariciones momentáneas como resultado de una confusa teoría que viene a decir algo así como que escribir lo hace todo el mundo y solo es cuestión de tener un lápiz a mano? Me temo que tal error ha ocasionado esta desproporcionada legión de seres humanos que dicen llamarse escritores.

No por escribir un libro se es escritor ni por pintar un cuadro se es pintor ni por tocar la guitarra se es músico. No se engañen. Que los hay que piensan lo contrario y andan por ahí de escritores o músicos o pintores y tienen esos aires y ese andar que denota cojera y una suerte rara de comportamiento vanidoso y fuera de tono. Conozco esa clase de gente que dicen ser algo y no ser nada; que cuentan maravillas de su quehacer y no son más que meros aprendices de nada. Me cuesta seguirles la comba; me duele verlos dedicarse a determinados oficios de los que creen ser destacados artífices cuando solo han tenido la oportunidad de editar un libro a base de amistades o dinero; cuando exponen en una galería a fuerza de trajinarse al concejal de turno o al primo del concejal de turno, o cuando, misteriosamente, han sido aupados a la categoría de cantantes eurovisivos solo porque cantaron un día una bonita saeta al Señor del Santo Entierro desde el balcón de su suegra.

No creo que sea difícil entender la mala sangre que se le pone a uno cuando lleva años escribiendo y luchando por hacerlo más o menos bien y por editar lo que escribe dentro de cierta dignidad; la tristeza que le inunda cuando sabe o le reconocen lo bien que pinta o canta y se da cuenta de que de nada sirve y ahí te pudras a no ser que el azar o los entendidos en la materia le ayuden a seguir adelante y en cambio ellos (los trepas, los caraduras, los lameculos del poder y la gloria) escalan libremente los muros de la vida para robarle el derecho a ser lo que ha soñado ser, lo que ha querido ser, o, sencillamente, lo que realmente es.

Elsa López
Escritora

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