Fin de siglo

Felicidades, ministro

18.08.2015 | 02:00

Lo sabíamos, sabíamos que el encuentro entre Jorge Fernández Díaz y Rodrigo Rato había sido normal. Llámenlo intuición, olfato, experiencia, pero desde el primer momento nos dimos cuenta de que se trataba de la reunión lógica entre un acusado de evasión fiscal, alzamiento de bienes y demás delitos que se le imputan, y un ministro del Interior de una democracia estándar, como la nuestra. Solo podían ver algo raro en esa cita quienes ya se extrañaron en su día de que el PP destruyera los discos duros del ordenador tras los que andaba el juez, quienes no comprendieron que el mismo magistrado (u otro, ahora no caigo) expulsara al partido de Rajoy de la causa en la que se había presentado como acusación particular para actuar en realidad de defensores, y quienes andan, en fin, todo el día buscando pruebas de hechos que no han sucedido y que nadie "prodá probar" ("Luis, sé fuerte, hacemos lo que podemos").

Si el policía de calle se reúne con el soplón, con el confidente y con otros tipos de mal vivir, ¿cómo no se va a encontrar el ministro con un supuesto ladrón de guante blanco? Quienes se quejan retóricamente de que Fernández Díaz no reciba al primer ratero que le pide audiencia, es que no acepta la existencia de las clases sociales ni de las jerarquías, no acepta el orden por el que se rige el mundo, es un ácrata de la peor especia, quizá un antistema. En cuanto a la oposición, no creo que proteste por cálculos electoralistas; lo hacen, más bien porque no tienen las cosas claras. No saben quién manda. Esa ignorancia es la que ha levantado la polvareda de los días pasados y que todavía nos impide respirar. Afortunadamente, las explicaciones del ministro fueron tan prístinas (con perdón), tan convincentes, tan claras, que hasta el español menos favorable al PP ha comprendido al fin la diferencia entre lo anormal y lo normal. La escena de Jorge Fernández Díaz y Rodrigo Rato, sentados frente a frente en un despacho oficial, hablando de sus cosas, representa un grado de cordura, de sensatez, de buen juicio, que para sí lo quisieran, no sé, los alemanes, que dimiten por un quítame allá esas pajas.
Nuestras felicitaciones, ministro.

Nuestra comprensión, señor Rato.

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