Luz de luna

Cuando te conviertes en un estorbo laboral

12.08.2015 | 02:00

Cómo le plantas cara a la vida cuando tienes cincuenta años y todo lo que eres está reflejado en una simple fotografía del Documento Nacional de Identidad? ¿Cómo seguir adelante cuando formas parte del campo de concentración del desempleo, al cual llegan cada día más y más personas, andando cabizbajas y con las ilusiones y la libertad atrapadas en el alambre de espino que lo rodea? ¿Cómo no quedar excluido de la vorágine tecnológica cuando todo para lo que valías figuraba al otro lado de esa fosa abisal que aún divide y acrecienta el mundo de los intelectuales del habitado por la masa de analfabetos funcionales?

Hace unos días volví a quedarme en blanco por los comentarios que me hicieron Clemente y Perdomo, dos integrantes de ese rodillo enfurecido que no solo lucha contra el fraude político y democrático que caracteriza este país, sino también contra las injusticias empresariales que se han asentado y acentuado, amparadas por la reforma laboral y los beneficios que genera para unos pocos la crisis económica.

Con Clemente he compartido charlas y deporte: su formación como economista le ha hecho emigrar a Madrid, donde trata de sobrevivir como puede porque aquí su día a día no iba más allá de simples clases particulares en las que perdía todo su potencial. En la última conversación destacaba que en la gran capital es normal salir de la boca de metro próxima a su residencia y encontrarse con personas de clase media, que se diferencian de mí porque llevan una bolsa en las manos. Se acercan al contenedor de basura y lo abren con sutileza -si es que se puede llamar así a navegar en las sobras del mundo capitalista-, rebuscando hasta encontrar lo que necesitan. Esa bolsa es su caja fuerte. La próxima parada es otro contendor, una larga línea de sin sabores que se asemeja a la del metro, yendo y viniendo en la oscuridad.

Todo el mundo va y viene y esa estampa forma parte ya del engranaje urbano, tan mundana que asusta por su naturalidad. Clemente sonríe, campechano, con esos enormes ojos saltones y su porte de señor clásico, pero sabe muy bien de lo que habla porque es un superviviente, sin casa ni bienes materiales: todo lo que tiene es lo que lleva encima. Por eso la idea de la emigración como una marga alternativa, pero sin mostrar miedo a cruzar esa frontera en forma de dientes de sierra que es Los Pirineos o coger la mochila rumbo a Estados Unidos, como muchos canarios lo hicieron anteriormente con destino a Venezuela.

A Perdomo lo conozco hace poco. También es otro excluido, otro apátrida que se resiste a morir como un perro en cualquier lado. Tras su pinta de torpe y bruto, aderezada por su forma anárquica de vestir, su ingente barriga y la piel colorada, hay un hálito de esperanza que convive con el derrotismo. Formaba parte de un ingente ejército de mano de obra que nunca tenía fin y su realidad estaba separada de la de Clemente por esa fosa abisal. Atrás ha quedado su valía como albañil y fontanero, y ahora busca su sitio sin saber dónde estará. Sin miedo a reconocer que la informática es un universo totalmente inexplorado, golpea con fuerza sobre el ratón con sus dedos gordos y morados, respirando con desazón porque ni siquiera tiene una respuesta certera relativa a qué será de sus pasos. Un curriculum vitae mal escrito, faltas de ortografía, lentitud a la hora de crear palabras en el ordenador. No le hace ascuas a esa lucha diaria, a pesar del último guantazo que le han dado al despedirlo después de trabajar solo dos días porque el patrón quería que su rendimiento fuese el equivalente al de dos personas y a un ritmo como si tuviese veinte años, todo por una miseria de salario.

A la calle: ya no sirves. Eres demasiado viejo para entrar en el mercado por tus excesivos conocimientos o por la debilidad física que te hace tambalear cuando antes eras un titán. Entonces me pregunto para qué servimos y por qué tenemos que estar condenados a arrodillarnos ante el dinero. ¿Cuántos como Clemente y Perdomo seguirán arrastrándose hasta que se consuma su reloj vital sin que le importe a nadie más que a ellos mismos?

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