Tribuna abierta

El abuelo en la piscina

06.08.2015 | 02:00

S iempre que hace tanto calor como esta tarde de verano y tengo un rato, aunque aún esté renqueante de una vieja lesión o de sentarme mal en clase, y la espalda se me queja; estos días en los que se me hace un poquito más lejana la Montaña Amarilla y su mar sin concesiones, bajo a la piscina antes o después de pasar por el supermercado, con mi bolsa de libros, una toalla, y sin más proyecto que el agua y las líneas. Entonces es cuando veo y saludo al viejito de la gorra beige y el bigote blanco, y a su nieta. No sé cómo se llaman, pero me intrigan, me gusta que no falten a nuestra cita no acordada. Veo qué bien se corresponden, qué festivamente se entienden, como una extraña pareja bien avenida, sin fisuras, sin grietas irrecuperables, sin rencor.

La niña es alegre, morena, le gusta mucho el agua. Juega con su abuelo, quien le tira piedritas que coge en el jardín y ella bucea hasta encontrarlas y devolvérselas. Esas piedritas vulgares en realidad son mágicas. Y el hombre está buena parte de la tarde así, las horas que haga falta: sentado, viendo cómo juega su nieta, mirándola crecer y poniéndole fácil el juego de la vida o de las piedritas, no sé, hasta que ella se queja y le dice: "¡No, abuelo, tíralas más lejos ahora!". Y él casi se apena con un mohín imperceptible, casi sufre, como si la piscina fuera a crecer, a desbordarse, a salir de sus límites, y a extenderse hasta el mar que está más allá de la calle, del jardín y los muros de la urbanización. Como si la niña fuera a perderse, a bucear demasiado hondo, sin encontrar las piedras y sin que su abuelo vuelva a verla salir del agua, risueña y mojada, con el pelo chorreando, como siempre, como cada una de estas tardes de fuego que también se hundirán en algún fondo. ¿No dijo eso de la noche un poeta italiano?

Luego se van. Todos los bañistas acaban marchándose a lugares remotos, se despiden con timidez. Finalmente me quedo solo y también tiro piedritas blancas para mí mismo, casi con nostalgia y con vergüenza. Nadie me las pide, pero procuro encontrarlas, ponérmelo difícil, no perderme bajo el agua, respetar lo que es profundo, devolverlas a una mano invisible. Sólo eso.

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