Luz de luna

El deporte como construcción de la personalidad

05.08.2015 | 02:00

C recemos bañados en los triunfos de grandes deportistas de élite, que tratan de ser inmortales bajo un esfuerzo físico y mental con el fin de alcanzar la gloria y el reconocimiento mundiales. La victoria y el fracaso son enemigos irreconciliables, pero viven con ellos, convirtiéndose en su luz y sombra, sabiendo de antemano que el camino que rige cada una de sus metas es una batalla en la que siempre debe ondear la flamante bandera de la victoria. Aún así, tarde o temprano llegará ese instante que pone fin a tanta lucha, perdiendo esa coraza de eternidad porque el corazón y el cuerpo dicen basta, basta de tanta guerra: es el momento más doloroso, el tiempo de decir adiós y de caer en el olvido. Entonces solo serán recordados en el viejo papel amarillento de periódicos guardados a buen recaudo en hemerotecas y en links de Internet que conducen a fotografías o hazañas a las que muchos llegamos por casualidad. Los carteles que anunciaban su participación en un evento desaparecerán de las vetustas paredes reconvertidas en esperpénticos luminosos de centros comerciales; sus nombres, pronunciados antaño con respeto en programas de radio, se perderán en el éter; y su presencia mayestática, ante la que claudicaban con respeto y devoción todos aquellos que desearon alguna vez estar frente a ellos, será un suspiro más que pueble este mundo donde todo lo nuevo se vuelve viejo y lo viejo polvo de olvido.

Más allá de todo eso, queda la persona, satisfecha de haber cumplido con sus sueños y metas, sopesando esa idealización que le profesamos muchos producto de esos instantes de éxito con la nueva etapa que se abre ante él. Nadie ve la dura realidad del día a día de los entrenamientos para llegar en forma a las competiciones de alto nivel en las que todo se decide en instantes, y se palpa en el ambiente la máxima de que los mismos que te encumbran al olimpo de los dioses son los que te pueden acabar hundiendo de tal manera que de la admiración se pase al repudio. Solo el propio deportista sabe el valor y el peso que tienen los sacrificios personales para alcanzar las metas que se propone, entre las cuales está renunciar a muchas cosas que el reloj biológico -muy distinto al que marcan sus otros hitos- provocará que sean imposibles de recuperar. Las medallas y los trofeos son la materialización del reconocimiento a sus logros, pero no existirá ninguno que pueda valorar todo lo que un deportista aporta a la sociedad ni menos aún esas horas de sacrificio personal bajo cualquier factor y circunstancia.

Por eso el deporte es un factor fundamental en la construcción de la personalidad de quienes lo practican, ya sea a nivel amateur o profesional. Más allá de todas esas aspiraciones de campeones que alguna que otra vez han adornado nuestra vida, de la publicidad y marcas que lo inundan todo, y de los contratos millonarios a los que llegan unos pocos, su hábito con carácter regular es la muestra de la constancia y la disciplina para lograr unos objetivos que nos incitan a aplicarlos a nuestra esencia con el fin de demostrarnos que podemos realizar todo aquello que nos propongamos. Además, no solo responde a un proceso de competitividad, sino que también es una fuente que genera y potencia la amistad y el compañerismo e incluso un sentimiento de pertenecer a un grupo o comunidad que nos define e identifica como miembros de la misma y en la cual desarrollamos valores de todo tipo.

El puño en alto cuando cruzas la meta después de una intensa carrera de atletismo; los dientes apretados de rabia contenida, la sonrisa pausada, pero intensa que se entremezcla con el sudor que empapa tu camiseta; los dolores musculares que ponen freno a tu ímpetu, a la par que te dicen de qué pasta estás hecho, tal y como me enseñó una muy buena amiga paraolímpica; y acordarte de tus ídolos, esos que marcaron tu época y para los cuales no encontrases otro relevo generacional en los que vieses reflejado el mismo impulso vital en los que reflejarte. Todo eso eres tú y alimenta tus retos: procura quitarte la venda para mirar más allá con el fin de indagar en el propio deporte y la humanidad implícita.

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