De aquí y de allá

El partido de la vida

04.08.2015 | 02:00

L a vida se parece a un partido de fútbol. Sólo que en vez de durar noventa minutos tiene fecha de caducidad: ochenta años. No me negarán que se masca incluso la aparición del cuarto árbitro con un tablón anunciando la prórroga: ¡cuatro años más!, para a los ochenta y cuatro partir irremediablemente hacia el otro mundo. Además si se tira del hilo descubrimos que no siempre se finaliza el encuentro. Esta misma noche, por ejemplo, el juez universal le puede mostrar a usted la tarjeta roja, aunque no haya cumplido los veinte. La peculiaridad se centra en que la prolongación del partido va cambiando según el espacio y el tiempo. Antaño duraban sólo setenta años, y antaño de antaño, sesenta, y así sucesivamente en un retroceso proporcional, escalonado. Depende también del país donde toque en suerte vivir. De hecho en algunos países del planeta están aún en los tiempos remotos donde los partidos finalizaban a los treinta años. Pero, prosiguiendo con los tiempos modernos, dulces y científicos que atravesamos en occidente, en la actualidad se muestran hasta siete tarjetas amarillas -lo cual nos equipara a los gatos, poseedores según dicen de siete vidas-, cuando antes no existía más que la tarjeta roja, ya que a la primera enfermedad uno la palmaba, y por lo tanto no había necesidad de la amarilla.

Por otra parte, si se sigue tirando del hilo, se sonsaca que la persona nace defensa, delantero o medio. Sí, las posiciones son también las mismas que en el juego del fútbol. Tres bandos distintos de la condición humana, expresando su albedrío, en la cancha del mundo... Algunos son lanzados, otros buscan desesperadamente su seguridad, si bien en general son cautos. Son centrocampistas. Suelen atacar o defender según por donde sople el viento. Son mayoría. Un ejemplo lo tenemos en la política, donde la concepción centrista suele otorgar por número el poder.

Sin embargo la persona al crear una familia evoluciona en sus conceptos. Sea delantero o medio, adopta tácticas defensivas por precaución. Y, además, como entrenador, a sus hijos les educa para la contención a ultranza, y más en los tiempos que corren.

También descubrimos que el estadio no está vacío, miles de espectadores presencian el partido de nuestra vida. Y a menudo el jugador -cada uno de nosotros- en vez de actuar en consecuencia, juguetea para la galería o entra en los parámetros del miedo escénico ante tantas miradas, malogrando numerosas ocasiones de gol si es delantero o permitiendo encajar alguno si es defensa.

Únicamente no se desvela si el partido de la vida es amistoso o de campeonato...

florenciohdez@hotmail.com

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