Tribuna abierta

Querido Saza

30.07.2015 | 02:00

Yo sé que, pese a la gravedad del momento, sabrás entenderme cuando te digo: me he reído tanto contigo... Ahora que llega la noticia de tu muerte, casi me parece mentira, sobre todo porque confieso que hace tiempo que no me acordaba de ti, demasiado tiempo desde que no veía algunas de tus películas. Yo sé que eras un catalán de bien, un hombre exagerado que siempre anduvo por casa con gestos y voces desmedidos para que te hicieran un poco de caso. En las películas donde mejor me encontré contigo, discúlpame de nuevo, siempre estabas pidiendo o quejándote de algo. Eso me gustaba, me hacía reír hasta el hartazgo porque fuiste un histrión de los que valen la pena, y porque tú eras así. No habrá jamás otro cabo Gutiérrez tan convincente y marcial como tú, tan íntegro y amante de las buenas costumbres españolas. ¿Es que alguien puede olvidar, después de verla, cómo cerrabas esa joya del cine que es Amanece que no es poco (1989)? A tiros y diciendo "¡Yo me cago en el misterio...!", mientras te gritaban: "¡No, mi cabo, no!" ¿Cómo pudo entonces el sol atreverse a desmentir al cabo Gutiérrez y salir por dónde le da la gana? Sí, en España amanece, que no es poco. Nos conformamos con casi nada, ya sabes, no tenemos certezas, directrices, disciplina...

Querido Saza, me dabas una infinita pena cariñosa. Para mí siempre fuiste, desde hace mucho, como un tío-abuelo más, uno de esos de recortado bigotito y grandes opiniones estrafalarias sobre el mundo. A falta de belleza, tenías arrojo, el de un Jaume Canivell dispuesto a escalar como sea tratando de cerrar acuerdos en mitad de una cacería. Bien, confieso aún algo más: nunca me faltaron ganas de plagiar a Faulkner y, si hubiera sabido que era tan leído y admirado por aquí, lo hubiese hecho hace mucho. Ahora la Parca, el tiempo que todo lo devora y ni tiene la paciencia educada de escuchar el final de un buen chiste, ha querido empezar a devorarte a ti y va a ser difícil: tardará lo suyo. Has dejado tantas imágenes de ti mismo, tantas palabras comedidas y razonables, tanta risible compostura española. Cuánta burocracia y protocolos descabalgados por una sola carcajada. Ahora que te fuiste, quizá sólo nos quede la algarabía pueblerina, el festejo de gritarte de nuevo: "¡Viva el cabo santo!", querido Saza.

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