De aquí y de allá

La colección de multas

30.07.2015 | 02:00

Debo reconocer que en mi juventud era algo negligente a la hora de aparcar. Sobre todo si me dirigía a una dirección específica, en el centro de una población, con el inquebrantable deber además de descargar un muestrario voluminoso. En este caso el vehículo iba indefectiblemente a parar a un espacio prohibido.

Obviamente fui cosechando multas, aquí y allá. Las recolectaba. La hoja admonitoria venía a ser también parecida. Variaba el color; si bien predominaban el blanco, el azul y el amarillo. El formato o sus dimensiones no especificaban en ningún caso el sello del país originario. Podría pensarse, por su unificación, en un avance de la Comunidad europea, todavía inexistente.

Algunas, bien es cierto, descollaban, como la de Dusseldorf o la de San Remo. Recuerdo sobre todo la de Niza. La más atractiva, sin duda; la única de cartulina fina. Resguardada en un sobre, lucía cual nota confidencial notificándonos algún evento. Aderezaba la tarjeta el escudo de la ciudad, orillado de un floreado barroco que me hizo considerar que el vocablo glamour era francés seguramente por detalles tan triviales como éste. Por otra parte el contenido superaba el continente. Venía a decir que, sintiéndolo mucho, tenían la obligación de sancionar la infracción... No se puede pedir más, vamos, el súmmum de la cortesía.

En Montecarlo aparqué malamente, intentando incrementar la colección. Fui a dar un paseo. De regreso, en el parabrisas, tenía mi trofeo. Me dispuse, por lo tanto, a proseguir mi camino. Pero hete aquí que –no existía por entonces la grúa– dos guardias, ocultos, salieron a mi encuentro. ¡Oh sí, el conejo había caído en la trampa! Me exhortaron, sin más, a abonar la multa si quería abandonar Mónaco. Al cambio, ahora, 350 euros. Me negué rotundamente, era desproporcionado. Nos trasladamos a la comisaría, donde intenté salir indemne del lance. Incluso llegué a asegurar no disponer de dinero. Ni caso. No escuchaban, sólo oían.

Cuando el conejo percibió, estar atrapado, sin posibilidad de evasión, abonó el importe.

Partí de aquella roca dando por concluida la colección de multas. Puedo decir al menos que costeé una camisa a Rainiero.

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