Al azar

Nuestros ojos en Siria

28.07.2015 | 02:00

El ascenso fulgurante del Estado Islámico, que ya domina una superficie mayor que el Reino Unido, se debe a una verdad inconfesable. No tenemos ni la menor idea sobre lo que está ocurriendo en Siria. El desprecio a los periodistas parece razonable, hasta que se registra un apagón informativo. La transparencia es tan peligrosa como un viento huracanado pero, si se desea conocer su valor, basta con probar la opacidad. Desde hace años, las mejores publicaciones del planeta son incapaces de reconstruir la situación en el polvorín sirio. Han reinado la confusión y la invención. Se publican crónicas firmadas por profesionales autóctonos que no pueden ser identificados por motivos de seguridad, proliferan los testimonios de residentes cuyo nombre también se camufla con el consiguiente riesgo para la verificación. En este desierto sin mapas se busca a tres periodistas españoles, que se han atrevido a desafiar el exterminio de los testigos incómodos defendido al alimón por Assad y Estado Islámico. Hay poca gloria y menos dinero en la información desde zonas de conflicto, por comparación con los platós de Sálvame. De ahí que la voluntad de convertirse en nuestros ojos en Siria exija una convicción más allá de los lugares comunes del deber profesional. Cuando en Irak morían a diario decenas de personas mediante bombas improvisadas, el New York Times fue la única cabecera mundial que mantuvo una delegación en Bagdad. El empeño le costaba un millón de euros al año, buena parte en seguridad. Siria asesinó a la periodista ideal para garantizarse la estampida de la prensa occidental. Marie Colvin era nuestro ojo en el conflicto, porque ya había perdido uno de sus órganos visuales en otra guerra. Intrépida y temperamental, fue probablemente asesinada por las fuerzas de Assad. La enviada especial del Sunday Times se había adentrado en la primera línea de combate, como en ella era habitual. Fue detectada gracias al material técnico de vanguardia que empleaba para comunicarse con Londres. De nuevo, la ambivalencia sobre si internet es un arma liberadora o contrarrevolucionaria. De nuevo, la angustia por la pérdida de nuestros ojos.

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