La Ciprea

Un minuto de silencio

28.07.2015 | 00:18

No soy muy partidaria de los silencios institucionalizados cuando ocurre alguna desgracia, accidente o crimen, porque creo que nada se resuelve con ellos salvo apagarnos la voz y la rabia. Pero debo reconocer que hay momentos en que ese silencio representa una muestra de afecto y de reconocimiento y cumple una determinada función: la de hacernos pensar por un leve espacio de tiempo en el ser que se ha ido para siempre; en la herida y en el vacío que nos deja. Las fiestas de la Bajada de La Virgen han estado marcadas por una de esas heridas: la muerte de Laura González Lorenzo, la joven asesinada en la ciudad de Santa Cruz de La Palma. Todos los actos de estas fiestas han estado definidos por ese terrible crimen y esa muerte sin explicación racional alguna. Y todos los actos, conciertos, fiestas de arte, carros alegóricos, loas, etc., han llevado la señal del dolor y el respeto hacia ella.

Tres momentos me han parecido especialmente significativos; tres detalles especialmente sensibles: la Bajada de La Virgen de Las Nieves y su paseo por la ciudad hasta llegar a la iglesia de El Salvador con un lazo color malva; el minuto de silencio sepulcral en el Barco de La Virgen durante el Diálogo del Castillo y La Nave; y el silencio de los enanos en la última noche de su salida a la calle cuando aún estaban bailando en el recinto central de donde partirían a danzarle a La Virgen en la Plaza de España. Salieron de la caseta, uno a uno, y se pararon en el lugar donde debían bailar al sonido de la polka. Se hizo el silencio y ellos caminaron a paso lento en fila y en silencio. Y en fila y en silencio permanecieron en el lugar donde iban a bailar. Luego la música volvió a sonar, y ellos empezaron la danza. Verlos allí, cabizbajos y ensombrecidos, comportándose como si fueran humanos y sintieran en su carne el dolor de los demás, no podrá olvidarse jamás.

Esos minutos de silencio de tantos momentos en que se recordó a Laura, el aplauso de los miles de seres humanos que se unían al dolor de la familia, las manifestaciones escritas o verbales por parte de autoridades y vecinos, han servido para dar consuelo a quienes sufren semejante herida. No cabe duda. Ese gesto simbólico encierra todo un discurso de pesar dirigido a quienes han vivido la pérdida como algo suyo, y, al mismo tiempo, es la manifestación pública de repulsa contra aquellos que cometen tales atrocidades. Pero ahora lo que necesitamos es el grito. De ellos y nuestro. No más silencio. Nunca más el silencio sobre tales crímenes.

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