Editorial

Las enseñanzas del abismo griego

25.07.2015 | 23:04

Grecia caminó hacia el abismo y decidió detenerse en el borde. El jueves el primer ministro griego Alexis Tsipras logró el apoyo del Parlamento para negociar el tercer paquete de medidas urgentes y el viernes comenzaron en Atenas las negociaciones con los socios europeos para la redacción del rescate cuantificado en unos 86.000 millones de euros. En esta crisis España ha perdido ya, según los datos facilitados por el ministro de Economía, Luis de Gunindos, 1.500 millones de euros por el préstamo de 2010, durante el Gobierno Zapatero, a Grecia. Este convulso mes de julio para el futuro de la Unión Europea y la permanencia de los griegos en la zona euro deja preocupantes avisos políticos, en el que tan peligroso es el conformismo como la promesa demagógica. Han sido evidentes las vulnerabilidades de un sistema financiero europeo que necesita refuerzos y que en España continúa la alerta máxima ante las debilidades de una economía con un nivel de endeudamiento elevadísimo.

Los acuerdos en el Parlamento de Atenas aseguran por el momento la permanencia de Grecia en el euro y evitan la catástrofe humana de un pueblo cercado por la necesidad, acuciado por el corralito bancario y al borde de la suspensión de pagos. Los partidos de la oposición asumieron la carga sin eludir la responsabilidad. Tsipras también, pero perdió el apoyo de una parte significativa del grupo parlamentario de su propio partido. A partir de ahora le queda trabajar en busca del consenso y de la cooperación con los europeístas, cuando lo que ha venido haciendo hasta ahora ha sido precisamente todo lo contrario.

El primer ministro griego, al que la crisis, después de muchos bandazos, ha llevado curiosamente a ocupar un papel centrípeto en la política de su país, podría servirse de ello para buscar una redención europea y convertirse en el líder nacional aglutinador en los próximos años. Tras sus intervenciones recientes en el Parlamento, algunos analistas locales han empezado a hablar de él como un nuevo Lula agarrado al pragmatismo. Pero al mismo tiempo Tsipras también se las ha ingeniado, por si hay que convocar nuevas elecciones, para no cerrar la puerta y seguir encabezando en el futuro una oposición frontal a sus acreedores. Entre tanto sostiene que Europa le ha obligado a aceptar unas condiciones humillantes para los griegos, que no comparte, pero que, no obstante, hará todo lo posible por gestionarlas de manera que los más débiles no se vean perjudicados. La habilidad para cambiar los escenarios es, junto con la demagogia, su principal virtud.
En los últimos años Grecia ha convertido a Europa en el eje casi exclusivo de su discusión política. De hecho, como recordaba el escritor Petros Márkaris en su ensayo "La espada de Damocles", la vieja línea divisoria entre izquierda y derecha hace tiempo que ha dejado de existir en el país heleno. La que marca distancias es la que separa a las fuerzas europeístas y antieuropeístas arraigadas en la sociedad. La prueba de ello está en que Syriza, un grupo de izquierda radical que apela al histórico Movimiento de Liberación Nacional, gobierna desde enero con el Partido de los Griegos Independientes, que también se opone a los memorandos con Europa pero que es de extrema derecha.

Tsipras manejó su estrategia frente a los socios en esa clave de la política doméstica, aunque no supo calcular bien la magnitud de la derrota. En el último instante aceptó las duras condiciones de austeridad para salvar de la quiebra a la banca griega ante la amenaza del BCE, pero se apartó de la línea propagandística consagrada en Syriza de que priman los intereses de los ciudadanos sobre la viabilidad de los banqueros. Hasta cierto punto, y particularmente en lo que atañe a los griegos, la suerte de unos y la de otros van unidas. En último caso, negarse al acuerdo hubiera supuesto la salida de la moneda única y reiniciar una aventura al margen de Europa con las consecuencias que ello conlleva: entre otras, condenar a las clases ahorradoras, ya golpeadas duramente por la crisis, a la devaluación de sus depósitos de dinero, y a Grecia, en su conjunto, a la condición de paria mundial.

Son varias las lecciones que se pueden extraer del difícil momento atravesado por la eurozona tras el desafío de Atenas. Una de ellas, la primera y más fácil de entender, que el que debe no es el que pone las condiciones del pago de su deuda. La segunda, que pregonar de modo ilusorio y demagógico el nacionalismo en un grupo donde los países miembros están obligados a ceder soberanía no es la mejor forma de integrarse en él. Una tercera, que la ruptura unilateral con la convocatoria del referéndum cuando estaba a punto de producirse un acuerdo no ha hecho más que dañar el proceso de integración europea que debería avanzar para cumplir algunas de las metas deseadas: recuperación económica, cohesión social y lucha por el empleo. Y cuarta, y más importante todavía para la credibilidad política del continente, es el peligro que arrastra consigo el populismo practicado por Tsipras, Syriza y sus socios de la extrema derecha, que en España aplauden de modo entusiasta Pablo Iglesias y Podemos. Incluso dándole la razón al primer ministro griego después del acuerdo encajado. Todo vale.

Otra lectura especialmente dolorosa es constatar que Tsipras, con su maniobra irresponsable de seguir tensando la cuerda para después conceder, no ha hecho más que perjudicar a su pueblo, que tendrá que sufrir peores condiciones tras un semestre sometido a presiones extraordinarias en el que el gobierno de Syriza ha permitido que se diluyesen las escasas esperanzas de recuperación económica. Pero en eso consiste el populismo, un juego miserable de esperanzas vanas dirigido a la desesperación y que en la historia no guarda más que experiencias catastróficas.

A Grecia, que desde su ingreso en la eurozona no ha dejado de incumplir las exigencias de la UE, no se le ha pedido otra cosa que a España, Portugal e Irlanda para reducir su deuda. Suponer que pueda hacer lo contrario que el resto sería admitir para ella una posición privilegiada. Aunque el núcleo duro europeo haría bien en revisar el camino extremo de austeridad marcado para las economías con problemas, a fin de conciliar la vida de sus gentes y las posibilidades de recuperación con el pago a los acreedores.

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