La Ciprea

Pedir la muerte de quien causa la muerte

21.07.2015 | 02:20

No existe ninguna causa que justifique el acto de privar a otra persona de la vida. Es un derecho que tenemos y nadie puede despojarnos de él ni hay razón alguna que pueda esgrimirse a favor de un acto semejante. Quien reclame ese derecho está equivocado. Pedir la muerte de alguien es de una crueldad parecida a darla. Pedimos el daño de quien nos hace daño y pedimos la muerte de aquel que causa la muerte. El ojo por ojo, siempre. Todos lo hemos deseado alguna vez. No nos engañemos. Ante la noticia de una crueldad, de un acto desalmado, horrible y criminal, sentimos esa oleada de rabia que nos sale del vientre y del pecho y nos empuja a gritar y a pedir el sacrificio cruento de quien arrebató la vida a alguien y, a ser posible, en las mismas condiciones que el asesino estableció para su víctima.

Clamamos venganza. Pero luego, la cabeza te habla, te recomienda el sosiego y la calma necesarias para hablar y actuar con la prudencia adecuada. Si alguien nos mata un ser querido y le da la peor de las muertes imaginadas, uno grita y se enfurece y desea tropezarse con el criminal y arrancarle las entrañas. Lo sé. Pero, ¿Qué sería de nosotros si lo hiciéramos? ¿Qué clase de ser seríamos? ¿Una bestia como la que nos arrebató la vida de quien amábamos? ¿Un ser despreciable que nos arrancó el corazón por el gusto de hacerlo que no otra cosa es la maldad sino el placer de hacer daño?

He vivido muy de cerca la muerte de una criatura a quien le fue arrancada la vida a los 27 años de la manera más cruel y dolorosa que podamos imaginar. Y yo he deseado la muerte del asesino con la misma fuerza que he deseado los peores dolores para su cuerpo. Lo digo como lo siento. Sin tapujos ni falsas apariencias. Pero debo añadir que esa locura momentánea de las primeras horas se ha ido mitigando ante los argumentos de una cabeza que piensa y razona. Y uno se muerde la lengua y se sujeta las tripas. Y uno piensa y dice cosas terribles. Pero no las hace. Y uno pide justicia porque espera de ella las actuaciones objetivas y necesarias para que un crimen como este no quede sin castigo. Se lo pedimos a la justicia aún a sabiendas de que la justicia no será tan rápida, rotunda y tajante como lo hubiéramos sido los habitantes de una ciudad espantada y dolorida. Pero también sé que hubiéramos sido tan criminales como quien cometió el crimen si hubiésemos acabado con su vida o hubiésemos seguido pidiendo a gritos su muerte.

Elsa López es escritora

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