Con mano izquierda

De qué hablo cuando hablo de elegancia

17.07.2015 | 03:08

Dice el regidor granadino José Torres Hurtado que "las mujeres, cuanto más desnudas, más elegantes". Abundando en el despropósito, afirma también que "los hombres, cuanto más vestidos, más elegantes". Y ante la perplejidad del respetable, que le solicita una explicación a tamaña patochada, se apresura a aclarar que le mueve exclusivamente el noble afán de asesorar sobre el vestuario más adecuado para poder hacer frente a la ola de calor que padecen estos días en los aledaños de La Alhambra. Supongo que, en base al mismo argumento meteorológico, considerará exportable su ocurrencia al resto de la piel de toro, donde la canícula está causando igualmente verdaderos estragos. Por lo visto, para el alcalde de la bella capital andaluza, el termostato femenino y el masculino varían sustancialmente, más o menos como su concepto de elegancia y el mío, a los que les separa un abismo infinito.

Pocas muestras de ordinariez me resultan más patentes que las de aquellas señoras cuya triste carta de presentación se traduce en lucir atuendos lo más escuetos posible, exhibir escotes desproporcionados y marcar curvas cárnicas desde el cuello hasta los tobillos, opciones todas ellas a años luz de la finura. Asumo, aunque no sin esfuerzo, que cada una es libre de lanzar su oferta anatómica al mercado como lo estime más oportuno. Pero, para mi gusto, ejemplos como los de Jennifer López sobre las consabidas alfombras rojas son deplorables. Yo me decanto por la estela de Audrey Hepburn, icono por excelencia de la delicadeza y la distinción.

La elegancia procede del interior y, como su propio nombre indica, es la cualidad que nos lleva a elegir lo bello en vez de lo ordinario, lo armonioso en vez de lo desproporcionado, lo sencillo (que no lo simple) en vez de lo ostentoso. Eleva a las personas en lugar de rebajarlas, y no va necesariamente unida al dinero ni a la posición social. Y, por descontado, resulta de todo punto incompatible con el desaliño y la suciedad, tan en boga en la nueva generación de políticos que reivindican la falta de higiene y el abandono físico como estandartes de sus ideologías.

Por alguna razón que se me escapa, proliferan en los últimos tiempos los concejales, consejeros y cargos de confianza que hacen gala de una ausencia total de estética y de modales, lo que abochorna a cualquier ciudadano con un mínimo de civismo, incluidos algunos de sus votantes. No me cabe duda de que, entre la esclavitud de la imagen y este alarde de chabacanería, existe un término medio. También sé de sobra que el aspecto externo no debe ser en absoluto el principal rasgo a tener en cuenta. Pero es que, si me traslado al campo del discurso, el panorama tampoco mejora.

Comentarios ofensivos sobre víctimas del terrorismo, fotografías provocadoras orinando en la vía pública o declaraciones groseras y amenazantes hacia quienes practican determinado credo religioso, definen muy negativamente a sus autores y, por mucho que quieran justificarlo, no se circunscriben al ámbito de la libertad de expresión.

La cruda realidad es que, mientras unos albergan pensamientos agresivos y zafios, otros se decantan por el equilibrio y la moderación en sus comportamientos. En idéntico sentido, mientras unos optan por ir limpios y vestir con corrección, otros prefieren la suciedad y la indumentaria salida de tono.

Por lo tanto, en vez de asociar la elegancia femenina a su desnudez o recoger las actas de representación municipal en cholas y pantalón corto, nuestros gobernantes deberían dedicarse con la máxima urgencia a fomentar la buena educación, la cultura, el respeto hacia los demás, el talante democrático, la capacidad de escuchar al prójimo, la delicadeza en el trato, la amabilidad, la solidaridad y la sensibilidad, y dejar de avergonzarnos a la mayoría ciudadana con sus exabruptos verbales y sus postureos escénicos.

Parafraseando a Haruki Murakami, de eso hablo cuando hablo de elegancia.

Myriam Z. Albéniz es abogada
www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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