Luz de luna

Generaciones amordazadas

15.07.2015 | 02:20

Crecí en un municipio marcado por el qué dirán los demás, escuchando historias de la mano de mi madre que hablaban de la España franquista donde no existía libertad. Desgranaba segundos de su vida en forma de las miserias que le rodearon, naufragando una vez más en un doloroso recuerdo. No se podía protestar porque todo se limitaba a bajar la cabeza y trabajar como una burra por un plato de comida. Unos gobernaban, comiendo caliente, seguros bajo la capa y el sayo que otorgaban sus apellidos y el poder familiar; otros se deslomaban, desangrándose en la emigración y mendigando hasta por una naranja, sabiendo a ciencia cierta que poco a poco se estaban pudriendo.

Aparentemente, las cosas cambiaron cuando llegó la Transición, impulsadas por otra forma de pensar y actuar más abierta, dejando atrás supuestamente esos miedos que tanto alimentaron el aire que se respiraba, lo que dio pie a hablar públicamente con atrevimiento sin tener que hacerlo como nuestros abuelos en medio de la platanera cuando el patrón no estaba delante o en los corrillos de las verbenas, a expensas del chivato de turno. Las canciones de protesta, las reuniones clandestinas en las universidades, la legalización de los partidos políticos, las denuncias por las torturas de los cuerpos de seguridad del Estado, la música extranjera que rompía brutalmente con la hecha aquí de forma enlatada. Todo era una piedra lanzada contra un escaparate con rabia contenida, pero caímos en la trampa de creer que estábamos representados en un Parlamento gracias a que podíamos ejercer el derecho a votar sin coacción.

Ese camino tan tortuoso producto de la lucha de generaciones pasadas -algunos de sus miembros silenciados en cunetas y barrancos y otros humillados en las cárceles o violados impunemente- se difuminó y acabamos plegándonos al Estado de bienestar como único objetivo, consumiendo y viviendo de ayudas públicas como garantía de nuestra propia seguridad y realización personal, y creyendo siempre que pisábamos firme en una democracia ejemplar que nos permitía -eso sí, pidiendo permiso como quien pide limosna- tomar la calle con manifestaciones y huelgas fomentadas por sindicatos cobijados en el paraguas gubernamental, pero lo cierto es que al día siguiente nos adormitábamos con telenovelas y fútbol.

Vendimos cara la esperanza de nuestros padres, a pesar de que para ellos el reloj de su tiempo se paró hace mucho y no han sabido desprenderse del susurro y las palabras parcas cuando se refieren a hechos pasados porque siguen bajo el yugo de la desconfianza. Eso nos llevó a desprendernos de nuestra dignidad, entregando la soberanía popular a los descendientes de los que antes vestían la capa y el sayo hasta que en 2008 la crisis económica derribó todo nuestro falso mundo. A partir de aquí entendimos que había que salir a esa misma calle de otra manera para limpiar toda la basura acumulada, entre la cual vivíamos y respirábamos, y acabar con lo público manejado impunemente por lo privado. Pero más aún: aprendimos a perder el miedo.

Cuestionamos al Estado y su forma de proceder y dejamos patente en las redes sociales todo este malestar con pruebas de los desequilibrios e injusticias que se estaban produciendo. Esto provocó la aparición de la Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana o Ley mordaza, un instrumento defendido por el bipartidismo como garante de la seguridad nacional frente a la acusación de las acciones desmedidas de los ciudadanos contra el orden establecido. Con ello se ha reavivado la antigua República Democrática Alemana donde la Stasi vigilaba cada paso que daban sus ciudadanos con el fin de convertirlos en autómatas a la par que se ha hecho realidad una viñeta de V de Vendetta de Alan Moore en la que precisamente una furgoneta recorre las calles captando y grabando las conversaciones de aquellos para controlar y saber de qué hablan.

No hay más libertad que la impuesta, pero me resisto a ello, lo mismo que a hablar por lo bajo ante lo que es evidente porque no quiero vivir en la España en la que nació mi madre: no callaré y agacharé la cabeza para mendigar un trozo de pan.

Francisco Javier León Álvarez es licenciado en Geografía e Historia

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