Reflexión

Ciencuenta años de sueños y soledad

12.07.2015 | 02:20

Fui ordenado sacerdote el 11 de julio de 1965. Este año cumplo 50 años de cura. En 1965 acontecieron varios hechos que influirían en mi vida sacerdotal y ministerial. El papa Pablo VI clausuró el Concilio Ecuménico Vaticano II, que había sido convocado por el papa bueno Juan XXIII en 1961. En aquellos años yo estudiaba teología en el Teologado Claretiano de Salamanca. Fueron años de ensueño. Vivíamos con entusiasmo las constituciones, decretos y declaraciones que los padres conciliares aprobaban. La Iglesia estaba en reforma, dando pasos nunca conocidos. Los que fuimos ordenados en 1965 éramos conscientes que a nuestra generación correspondía aplicar la renovación conciliar. Soñábamos con una Iglesia transformadora de la sociedad. "El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos son también gozo y tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón". Así comienza la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Todo un reto. Un año antes de mi ordenación un grupo de compañeros publicamos una revista titulada Salamanca 64. El revuelo fue enorme. En ella se criticaban las posturas inmovilistas que recelaban de la renovación conciliar. Yo escribí un artículo con el título Adaptación, citando la frase de San Pablo: "Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (I Co. 9,22). En el ejercicio del ministerio me guié por estos principios, que no son otros que la doctrina de la encarnación. Quizás en los primeros años de cura fui utópico o "mesiánico". En Granada, al mismo tiempo que estudiaba en la Facultad de los Jesuitas de la Cartuja, ejercí como Coadjutor en la parroquia del Polígono de la Paz, en el que vivían numerosas familias gitanas. Intenté acercarme y comprender sus costumbres y problemas. Me quemé en los últimos años de la Dictadura, comprometiéndome con los trabajadores, principalmente con los represaliados, en el barrio de Bellavista de Sevilla. Con la llegada de la Democracia, puse freno a mi activismo social y me fui de párroco a un pequeño pueblo de colonización del Valle del Guadalquivir, buscando la soledad y el sosiego. Posteriormente, la Iglesia ha ido olvidando la renovación que impulsó el Concilio y se ha ido imponiendo la restauración "espiritualista", desencarnada y lejos del compromiso con la sociedad, hoy predominante.

En 1965, Gabriel García Márquez, empezó a escribir Cien años de soledad, que acabaría 18 meses después. La primera novela que yo leí, a la edad de 14 años, fue Nada, de Carmen Laforet, que había ganado el premio Nadal de 1944. Sin duda, Nada marcó mi adolescencia. Desperté de mi inocencia y comencé a descubrir la dura realidad de la existencia humana. Cien años de soledad ha sido y sigue siendo para mí libro de cabecera. Mi madre me dijo un día: "ese libro debe ser muy triste". Me he perdido intentando localizar Macondo, un lugar mágico y encantado, como el lugar de La Mancha de Cervantes. Macondo es un lugar antihistórico, imaginario, sin espacio y tiempo, un lugar donde ha desaparecido la memoria, un lugar olvidado, donde solo vive la soledad. Pero Macondo existe. Existe en cualquier lugar de nuestro planeta. Los personajes y los hechos narrados por García Márquez los encontramos cerca de nosotros, quizás en el lugar o en la sociedad donde vivimos. Amor y muerte son los ejes de la novela. Comenta Joaquín Marco, estudioso de la obra de García Márquez, que "la ausencia del amor conduce inevitablemente a la soledad"... "la guerra es mala acompañante del amor". Uno de los personajes protagonistas de la novela fue el coronel Aureliano Buendía, que "promovió 32 levantamientos armados y los perdió todos". La empresa bananera yanqui que se estableció en Macondo provocó su decadencia y ruina. Los empresarios bananeros, llevados por la codicia, desviaron incluso el río para ampliar sus tierras, rompiendo el equilibro ecológico. Lo imaginario en la novela es reflejo de una realidad que hoy está más presente que nunca. El diálogo entre José Arcadio Buendía y Úrsula sobre la vida y la muerte es esclarecedor. El primero pretende abandonar Macondo y Úrsula le advierte: "No nos iremos. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo". José Arcadio le responde: "Todavía no tenemos un muerto. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra". García Márquez termina su novela diciendo que "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra".

En 1982 regresé a Gran Canaria para acompañar a mis padres. He buscado siempre parroquias de pequeños pueblos, buscando la soledad y la tranquilidad: Sardina de Gáldar, el Valle de Agaete, Montaña Alta, Arbejales, Temisas, El Palmar. En estos últimos años me he refugiado también en los archivos y en los viejos legajos para investigar sobre nuestro pasado. Como fruto de mis investigaciones, he publicado más de 20 libros y numerosos escritos. Rotos los sueños de mi juventud sacerdotal, la soledad ha sido mi compañera inseparable. Así han transcurrido mis 50 años de cura, entre sueños y soledades.

El ministerio sacerdotal no es tarea fácil ni cómoda. Exige entrega, sacrificios y amor desinteresado a los demás. Se sufren momentos y periodos de crisis, desánimos, incomprensiones, fracasos pastorales, cansancio, soledad... pero el Señor, Buen Pastor, nos guía y nos fortalece con su Espíritu. Los 50 años de mi vida sacerdotal no han sido un camino de rosas, pero por la gracia de Dios he llegado a las puertas de la vejez manteniendo la fidelidad al Señor y a la Iglesia.

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