La Ciprea

El riesgo de opinar

07.07.2015 | 02:20

Llamo al número que aparece en mi móvil y te responden que es la policía. Das tu nombre y preguntas ingenua: ¿pasa algo malo? El agente amablemente te dice que no, que no sabe quién me llamó. Cuelgo y aterrada le digo a mi santo: "Es la policía". Y lo digo como si ya me hubieran trincado cometiendo un desfalco o aplastando a alguna cucaracha. Es lo único que se me ocurre. Me llaman de la policía local para entregarme una multa o un papel del juzgado o para darme una citación para acudir a un baile del presidente del Cabildo, ¡vaya usted a saber!, y lo primero que se me pasa por la cabeza es si habré hecho algo malo. ¿Habré hecho algo? ¿Habré escrito algún comentario que no debía escribir? ¿Y si fue un chascarrillo sobre las romerías, los santos que van en ellas o el arrastre de bueyes? Un riesgo haber pensado mal de los políticos y empresarios de mi entorno y haber escrito diatribas sangrantes sobre ellos; una mala táctica haber dicho algo irritante sobre reyes, princesas o prohombres ilustres de la patria; un error no haberme amordazado o quemado la boca con carbones encendidos.

¡País de miedos! Confieso que esto es un sin vivir, una continua desazón. Me pongo a repasar las cosas que he hecho, dicho o escrito en mi vida y encuentro cientos de comentarios malévolos unos, desafortunados otros, y pienso con pavor en lo que puede ocurrirme cuando llegue a ser presidenta de este país o gobernadora de alguna ínsula extraña, o reina, sin más, de alguna remota comarca de medianos. Es un riesgo pensar en estos días de oscuridad y revueltas mentales. Es un riesgo opinar hoy día, y más en un medio público. Y es un riesgo tener criterios en este período infantil de un país que aún sigue en la etapa anal y de ahí sus miedos al otro, a los otros, y a cualquier ser vivo que se le acerque. Todavía no se ha desarrollado convenientemente y huye de los demás niños temeroso de que le hagan una broma, un comentario, un chiste.

Y en medio del pavor, recuerdo a mi madre escurriéndose en el asiento delantero del coche porque había divisado a lo lejos en la carretera a una pareja de la guardia civil. Ella había hecho algo seguro. Tener un novio alzado en los montes de la isla, por ejemplo; bajar descalza la cuesta de El Planto para echar un baile en La Alameda; leer Madame Bovary y no ocultar su devoción por Flaubert; y poco más. Pero ella se escondía, casi cuarenta años después, de la guerra civil y del miedo. Como nosotros.

Elsa López es escritora

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