Tribuna abierta

Orgullo

07.07.2015 | 02:20

Las calles de las ciudades lucen, con orgullo, las flores de sus árboles. En Santa Cruz acabamos de salir del lila al rojo, de Jacarandá a Flamboyant. Estén también atentos aquellos que disfruten de la diversidad del gigante que vive al principio de la calle Castillo. Se llama Palo Borracho y va a explotar en rosa, y cuando surge ese color se pierde el verde. A su lado, están varios Tuliperos del Gabón en fila, luciendo flores rojas en forma de papagayo. El otro día vi a una mujer muy enfadada, protestando por sus pétalos caídos, al lado había plásticos y otras basuras que no le incomodaron.

A mí no me afecta que las flores caigan y pringuen las calles, es una forma de olvidarnos del negro asfalto, es un respiro.
El otro día se celebró por primera vez en nuestra ciudad la fiesta del orgullo LGTBI y ya en el supermercado tuve la suerte de ver sus primeras flores. Eran dos chicos jóvenes, altos y sorprendentemente estilizados. Me acerqué descaradamente a la zona de congelados solo para escucharlos. Se habían pintado una especie de mariposa multicolor alrededor de sus ojos. Florecían. Hablaban con un tono extraño, como si imitaran ese algo que en realidad eran, como si en su vida diaria no lo fueran y aprovecharan ese momento para exagerar sus bonitos ademanes.

-Ya se ven en Santa Cruz las flores del orgullo. Pensé mientras metía un paquete de arroz bomba en mi cesta.
En ese instante observé también la mala cara del otro señor, el de la barba perfectamente recortada y el polo azul marino ribeteado con bandera. Ese que después aprovecha los carnavales para sacar su pluma disfrazándose de guardia civil en minifalda. Miré su mal gesto hacia las flores del supermercado. Era exactamente como el de aquella señora incómoda por los pétalos rojos en sus tacones.

Este tipo de acto que parece inofensivo se llama intolerancia y ofende. En la calles, muchas de esas personas que practican el odio se cortan un poco por eso de no armar un escándalo. Son las típicas que después les dicen a hijos, hijas, nietos, vecinos y cuñadas que vieron a unos maricones de mierda en el supermercado, que ya estos no tienen vergüenza al pavonearse delante de niños pequeños.
Nos sabemos el discurso.

Para los intolerantes más modernos están las redes sociales, hacen falsos perfiles de esos de arriba España y no dejan títere con cabeza. Mi amigo Roy es uno de los que tiene la capacidad, paciencia y arte para ponerlos firmes a todos. Yo lo intento pero me agoto.
Hace apenas una semana, un amigo en su Facebook puso las razones para que existiera un día del orgullo LGTBI.

-Pues yo no entiendo porqué están tan orgullosos, es un defecto y de los defectos nunca se está orgulloso. Es como ser miope o ser cojo y estar orgulloso de ello. Aunque yo respeto a los homosexuales, pero no se puede estar orgulloso de ello. (Lo recalcó como si fuéramos bobas que no entendiéramos su simpleza desde el principio)

-Una persona puede estar orgullosa de lo que le dé la gana, eso se llama libertad. Yo puedo estar orgullosa incluso de ser ciega, sorda, coja y manca. El orgullo viene de ser y reivindicar que eres gay cuando ha existido tanta intolerancia hacia la diversidad sexual en el mundo, salir a la calle mostrándolo es un acto de valentía.

-Jajaja, ¿valentía? La valentía la dejas para los militares en las guerras. Estos lo que quieren es fiesta y de orgullo nada. Ustedes no hacen sino engañar a todo el mundo, seguro que votas a podemos ¿no?

Ahí me callo y pienso, a este tío su padre le dijo demasiadas veces que ser homosexual es un defecto muy grave. A este hombre su madre le repitió otras cientos que las lesbianas son unas guarras y que los transexuales son unos travestis degenerados.

Lo peor de todo es que en muchas casas se sigue educando en el odio. Lo mejor de todo es que cada vez hay más gente que luce la diversidad como los árboles del verano, con orgullo.
Gracias flores, gracias verano.

Yaiza Afonso Higuera es concejala de Sí se puede en Santa Cruz

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