El análisis

Se trata de ciencia, no de creencia

04.07.2015 | 02:47

Afortunadamente, vivimos en un país donde la aceptación del hecho vacunal está fuertemente enraizada en la memoria histórica de la ciudadanía. Las escasas bolsas de no vacunación se presentan en sectores de población que, desgraciadamente, se encuentran en situación de exclusión social, necesitadas de políticas sociales adecuadas, que desde luego no pasan por su expulsión del sistema sanitario público. Y por otro, padres y madres que voluntariamente, y creyendo que hacen lo mejor para sus hijos, no los quieren vacunar. Los argumentos que suelen emplear para justificar esta decisión, entran en el terreno de la opinión y chocan estrepitosamente con la racionalidad científica. Reflexionemos sobre algunos de ellos:

1) El Establishment. Vivimos tiempos en que todo lo que huela a establecido no cotiza en valor. Y dentro de los que rechazan las vacunas, algunos identifican las políticas vacunales, como algo rutinario y excesivamente ligado al establishment sanitario. Y no deja de ser curioso que cuando en la década de los 60 del siglo pasado, se iniciaron en este país las ofertas regladas de estos productos, la población lo entendía como un logro social que había que cuidar. En principio, son los movimientos neoliberales los que tratan de desvestir lo público. Sin embargo, en relación a estos productos, son supuestos movimientos alternativos los que aparentemente los cuestionan. Como si fuera alternativo que nuestros hijos padezcan en pleno siglo XXI un sarampión. También conviene recordar, que cuando Rusia dejó de ser la URSS, y de golpe y porrazo pasó a un neoliberalismo salvaje, se dejó de vacunar y consecuentemente se verificó un importante rebrote de difteria. Cuidado con cuestionar sin rigor determinadas prestaciones públicas

2) La Conspiración. Con demasiada frecuencia se escucha: es que existe una gran conspiración entre los gobiernos, la industria farmacéutica, las Sociedades Científicas, los profesionales sanitarios y la galaxia entera, para conseguir vacunar a todos los niños y así..., que, ¿protegerlos contra varias enfermedades? Vivimos en un país con demasiada tendencia a las teorías conspiranoicas, y la única conspiración debidamente documentada es la desarrollada por el doctor Wakefield. Este señor publicó un supuesto artículo científico en el Lancet, mediante el cual asociaba la vacuna Triple Vírica con el autismo. Una investigación periodística independiente demostró que ese señor había realizado ese trabajo en colaboración con abogados de las familias de varios niños participantes en él, y que tenían como objetivo demostrar esa asociación y así querellarse contra el gobierno inglés, seguros, industria farmacéuticas, etc. El mayúsculo escándalo dio lugar a la expulsión de Wakefield del Colegio de Médicos del Reino Unido, y a que el Lancet pidiera disculpas públicas y retirara de sus páginas ese artículo. Pero el daño estaba hecho y las coberturas se resintieron en varios países. Curiosamente, y a pesar del fraude, Wakefield sigue siendo un referente para muchos movimientos antivacunas.

2) Un gran negocio. Otro estribillo contumaz: las vacunas son un gran negocio. Permítanme de entrada una aseveración: Ojalá todos los negocios tuvieran como objetivo prevenir problemas de salud que pueden incluso costar la vida. Y planteada esta salvedad, conviene recordar que estos productos suponen el 1 o 1,5% del gasto farmacéutico. ¿Es negocio el 1-1,5% del gasto? ¿De verdad alguien cree que el negocio está en la prevención y no en la enfermedad? Una vacuna se pone pocas veces en la vida. Pasar una enfermedad, que podríamos haber prevenido, puede suponer el consumo de fármacos de manera intensa, y en ocasiones, de por vida.

3) Derechos individuales. Salvo en situaciones de grave riesgo para la salud pública, las vacunas, como otras actuaciones sanitarias, son altamente recomendables, pero no obligatorias. Los derechos individuales están, por tanto, garantizados. Pero déjenme que les refiera una paradoja. En relación al drama de Olot, se ha verificado la siguiente situación: en el ámbito de relación del pequeño afectado, se detectaron niños portadores del microorganismo causante de la difteria. Éstos no habían enfermado gracias a estar vacunados. Pues bien, a esos pequeños se les ha aislado, impidiéndoles su libertad de movimiento, y además se les están administrando antibióticos para eliminar su estatus de portadores. Es decir, los únicos derechos vulnerados han sido los de los niños cuyos padres han hecho lo adecuado, que son recluidos para no infestar a los niños cuyos progenitores no han querido vacunar

4) Efectos secundarios. Y otra matraquilla: es que presentan efectos secundarios. Evidentemente, las vacunas son productos biológicos, y como tales no están exentas de efectos secundarios. Usualmente muy escasos y leves. Hay que comunicar a los usuarios esta posibilidad. Pero sobre todo, hay que informarles del drama que sería padecer una enfermedad que podríamos haber evitado con estos productos. Éstas sí que serían un terrible efecto secundario.

5) Demasiadas vacunas. Y ojalá dispusiéramos de más. La percepción de que, en las primeras fases de la vida, se administran demasiadas vacunas, refleja el miedo a que el sistema inmunológico de los pequeños no sea capaz de aguantar tantos productos. Sin embargo, hay que entender que en la niñez se está sometido a la presencia de un gran número de nuevos antígenos, ya sean alimentarios, ambientales etc. Pues bien, las vacunas representan un pequeño porcentaje de ellos. Por eso, el problema no es que tengamos muchas vacunas, la dificultad estriba en que no dispongamos de más.

6) Productos tóxicos. Es que las vacunas tienen mercurio, tiomersal, etc. Esta afirmación, en relación a las vacunas que manejamos actualmente, es falsa. El elemento que en estos momentos más cuestionan algunos es el hidróxido de aluminio. No sé si se piensa que las vacunas se fabrican raspando las vigas que se suelen utilizar en la construcción. Vamos a ver, el hidróxido de aluminio está muy presente en la naturaleza, por ejemplo, en la leche materna o en las leches adaptadas. ¿Qué debemos hacer entonces, considerar que la lactancia es poco natural?, o peor aún, ¿no solo debemos dejar de vacunar a los niños, sino que además no debemos alimentarlos?

7) Es que ya no se ven esas enfermedades. Efectivamente, gracias entre otras cosas, al papel desempeñado por las vacunas,
determinadas enfermedades forman parte de la historia sanitaria de nuestro país. Pero, hay que ser conscientes de que en un mundo globalizado, mientras no se erradique una enfermedad transmisible, nunca, nunca, nunca se puede bajar la guardia. Por eso hay que seguir vacunando. Porque lo que hoy no vemos, lo podemos sufrir mañana.

Me gustaría acabar pidiendo a los elementos antivacunas que sus contundentes afirmaciones las publicaran en revistas de sólido impacto científico, y siguiendo razonamientos rigurosos. Lamentablemente, estos planteamientos los suelen presentar en foros sociales, por personal rara vez sanitario, mezclando medias verdades con falsedades absolutas, y atribuyendo como hechos constatados lo que solo forma parte del terreno de la opinión.

Decían los Rolling Stones en uno de mis temas preferidos "No siempre puedes conseguir lo que quieres". Yo, lo único a lo que aspiro es a que no se cierren puertas al conocimiento y al progreso científico.

Porque una cosa es la ciencia, y otra las creencias.

(*) Presidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV)

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