Tribuna abierta

Eduardo, un médico rural

28.06.2014 | 02:00

A Eduardo Estévez que, el pasado día 20 de junio, recibió la Insignia de Oro del Excmo. Ayuntamiento de Granadilla de Abona en reconocimiento a su labor, profesional y humana, como médico de esa localidad".

Mientras ascendía a lomos de una yegua hacia los altos de Arafo, Eduardo se removía sobre la albarda, inquieto, preocupado... Llevaban ya hora y media de camino, aun cuando su acompañante le había asegurado varias veces "la casa está ahí mismito", y presentía que el transcurrir del tiempo podría marcar el límite entre la vida y la muerte.

–Es muy jovencita, casi una niña, y no puede parir– había dicho el hombre que trajo el recado, y que ahora lo guiaba a través de caminos pedregosos.

Aunque no lo preguntó, estaba convencido de que el aviso lo habían mandado las mujeres que solían ejercer de parteras en los pueblos de los alrededores, asustadas al no poder resolver por sí mismas una situación comprometida. Sabiendo que las viejas se sentían humilladas cuando se veían obligadas a recurrir a la ayuda del médico en un oficio, aprendido de sus madres y abuelas, su desasosiego aumentaba.

Las pezuñas de las yeguas tropezaban con las piedras y levantaban un polvo amarillento que se posaba sobre el rostro sudoroso, en los cabellos, sobre los ojos irritados. También, a través de las ventanas de la nariz, se colaba hacia adentro, hasta herir la garganta con cientos de cuchillos desestructurados. La camisa, adherida al pecho y a la espalda, marcaba los relieves de una piel enrojecida por el sol de las tres de la tarde.

A lo largo del recorrido, muy pocos cambios rompieron la monotonía del paisaje: una huerta plantada de papas; otra, de maíz; un cantero con parras... Diseminadas, aquí y allá, casas blancas con puertas y ventanas verdes.

El marido saludó al médico bajo la sombra del parral. Le tendió una mano, áspera al tacto, que no trasmitía la menor emoción: un trozo de carne inerte, fría... Lo acompañó hasta la puerta de la casa, aunque no entró en ella. En el patio de cemento había macetas con flores.
Los temores del doctor se confirmaron cuando reconoció a la parturienta: una joven primeriza, extremadamente delgada y frágil, de pelvis infantil. Estuvo seguro de que tendría que aguardar mucho tiempo hasta que el niño naciera, pero prefirió dejar actuar a la naturaleza antes de tomar una decisión más drástica.

Dos mujeres, como sombras ingrávidas, arrastraron hasta la mesa camilla un sillón más confortable que las sillas de anea, y supo, minutos antes de que se lo trajeran, que le habían preparado un café.

Sacó de la cartera las revistas médicas que el cartero le había llevado a la consulta esa misma mañana y ojeó las láminas coloreadas. No se sentía con ánimos para concentrarse en la lectura.

Aburrido, dirigió los ojos al tocador. En el espejo se reflejaba la fotografía del matrimonio el día de la boda. Ella vertía a través de los ojos, muy redondos y azules, una ilusión inquebrantable, y la posición de los labios confirmaba la determinación de ser feliz. Vestida de blanco, sonreía, sosteniendo en el regazo un ramo de flores. El hombre, detrás, apoyaba la mano, de dedos romos, sobre el hombro de la muchacha en actitud de dominio.

Eduardo, instintivamente, desvió la mirada hacia la cama para confirmar el parecido, pero el rostro demacrado, que asomaba entre la blancura de la colcha de ganchillo, conservaba muy poco de la expresión alegre de la foto. La joven gemía quedamente, como pidiendo perdón.

Al médico, con tan solo seis meses de vida profesional, el nacimiento de un niño le producía una desazón especial. "Es un proceso fisiológico, natural..." se repetía; sin embargo, cualquier accidente podría desencadenar la tragedia: una atonía del útero, el cordón umbilical enrollado en el cuello... En esas horas se enfrentaban la vida y la muerte, y él oficiaba de Dios. Con sus manos iba a depositar en el mundo un ser repleto de promesas, también de frustraciones, de tristezas, de soledad... Un ser amenazado, al que siempre derrotaría la muerte.

El reloj de pared iba marcando el discurrir del tiempo. Las siete de la tarde... Los dolores se multiplicaban y la agonía proseguía, segundo a segundo. El médico no se separaba del lecho. Le conmovía la capacidad de sufrimiento de la mujer que se asía a los barrotes de la cama, enroscándose sobre sí misma con desesperación, pero sin gritos.

El aliento del tiempo se deshacía en el péndulo del reloj.

A las cinco de la mañana, tras escuchar a través del fonendoscopio que los latidos del corazón del bebé se aceleraban, Eduardo decidió que no podía esperar más. Cogió los fórceps de la mesita donde había colocado el instrumental, y los introdujo con decisión en el eje telúrico de donde pendía el universo entero. Se desgarró la piel, y asomó la cabeza cubierta de una pelusa rubia. A partir de ese instante, cuando ya amanecía, todo resultó fácil: un cuerpecito gelatinoso, manchado de sangre, se deslizó entre las protectoras manos del médico.

La sensación de alivio borraba toda una noche de incomodidades y de sueño.

El llanto alertó al padre, que daba vueltas alrededor del patio con una colilla apagada entre los labios. Expectante, se atrevió a aproximarse a la puerta de la habitación, cuando ya Eduardo había envuelto a la criatura en unas toallas y se la acercaba.

–¡Ha tenido Vd. una niña!– anunció, esperando encontrar en el rostro del padre una sonrisa.

–¡Bah! ¡Una rajada!

La expresión de menosprecio del hombre hirió al médico en lo más profundo. Tras la tensión vivida, el nerviosismo lo impulsó a levantar el puño para golpearlo, echándole en cara la desconsideración hacia su hija, la insensibilidad ante el sufrimiento de la mujer...
Sin esperar a que le pagaran, montó en la yegua y se alejó de allí.

Enlaces recomendados: Premios Cine