Aquí una opinión

Traición

26.06.2014 | 01:07

En cierta ocasión, una estudiante me preguntó desde qué punto debía partir en la preparación de un trabajo sobre la amistad. Le contesté que yo lo centraría en lo que consideraba básico: los amigos nunca deberían traicionarse en las confidencias hechas. Incluso, entre quienes pierden ese lazo emocional, a veces tan sobrevalorado, debería existir un mandamiento virtual que obligara a no revelar a otros secretos que recibimos al amparo de aquel, ahora inexistente, apego. Nuestro derecho a contar sentimientos, dudas u opiniones privadas, bien de palabra o por escrito, en la certeza de que no saldrán del ámbito establecido en la relación.

Por ello me desagradó una reciente información sobre la subasta de la correspondencia que Jacqueline Kennedy había mantenido, durante 15 años, con un sacerdote irlandés ya fallecido, cartas que habían aparecido cuando se estudiaban unos libros antiguos en una universidad donde aquél había trabajado y que podían alcanzar un precio de más de un millón de euros, haciendo hincapié en el contenido de detalles íntimos e inéditos de la que fue primera dama norteamericana. Dado que comenzaron siendo soltera y cubrían hasta fechas posteriores al asesinato del Presidente Kennedy, describían estados de ánimo y pensamientos de diferentes etapas de su vida. Aunque el interés por conseguir esos fondos de la puja, fuese evitar el cierre de dicha universidad, actualmente asfixiada por problemas financieros (con unos días de intervalo se supo que, quizás por el escándalo originado, decidieron no venderlas sino ofrecerlas a la familia de la remitente en un gesto que puede esconder presiones o acuerdos que no vienen a cuento).

Ante esto, ¿debería prevalecer el deber moral de mantener oculto lo que nació fruto de una relación entre dos y permitir un mal, en esta ocasión, la clausura de un centro docente y pérdida de los puestos de trabajo? Semejante duda nos asalta al leer cualquier libro de Kafka. Se dice que su albacea no cumplió la palabra dada al autor en su lecho de muerte, la de destruir los manuscritos de sus novelas. Nos habría privado de estremecernos de placer con la lectura de La metamorfosis pero ¿fue decente? Quizás si yo hubiese sido la destinataria de la petición del escritor, habría cumplido a rajatabla, seguramente que llorando de angustia por el tesoro que desaparecía pero quizás, también, alguien inteligente hubiese guardado ese legado porque ciertas obras dejan de ser propiedad de sus creadores cuando alcanzan la categoría de grandiosas. Y conste que no me refiero a tanto texto inédito, que calificaríamos como trabajos secundarios de autores que una vez fueron ilustres y que aparecen después de su muerte, por obra y gracia del deseo de lucro de algún afligido familiar.

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