Por peteneras

La monarquía

25.06.2014 | 02:00

Madrid –la Corte, más que España– ha celebrado la coronación de un nuevo monarca de la familia borbónica. Si lo que reproducen las gacetillas y se detecta en las crónicas es un reflejo de la realidad, el coso no ha pasado de media entrada, y eso que era fiesta en la capital del reino. Si se tiene en cuenta que el público de Madrid siempre ha gustado de estos espectáculos –en los que las aglomeraciones permiten arrimar el cebollino y dan trabajo a los descuideros–, el asunto puede tener aires de profecía. En otras épocas el madrileño se echaba a la calle a lucir el palmito a poco que le animase el cartel, si bien con preferencia por los entierros. Ahí han quedado, como muestras gloriosas, el de Antonio Bienvenida, el de Enrique Tierno y el de Sara Montiel. No parece que el nuevo rey provoque el mismo entusiasmo, lo cual puede apuntar hacia la madurez del pueblo. Resulta algo sospechoso el escaso interés de la literatura panegírica por valorar el número de asistentes, con lo graciosas que suelen ser la diferencias entre las calculadoras usadas por la canallesca –si es que queda alguna– y las de la madera. También cantan un poco los excesos de la glosa oficialista frente a un discurso tan escaso de contenido como abundante en gallos. Al fin y al cabo eso es un rey del siglo XXI: un frío lector de un texto ajeno, cuyas instrucciones incluyen no sacar demasiado pecho ni dar pie a que nadie se sienta incomodado. A distancia atlántica, uno tiene la sensación de que no ha pasado nada y de que la media entrada de la plaza es una muestra de la poca atracción que provocaba el cartel. A estas alturas, las plazas sólo las llenan Morante o José Tomás, porque el resto del escalafón torea mucho de perfil y no carga la suerte ni frente al espejo. ¿Qué ha dicho el rey? Aparentemente nada, o muy poco, más allá de dos o tres tópicos previsibles. La historia no va a recordar la efemérides más que asociada a la derrota de España en Brasil, una coincidencia –abdicación, coronación y derrota– que parece una metáfora del paso del tiempo, del envejecimiento, del hastío generacional. Más allá de los reportajes de la prensa rosa, malva y carmesí, el futuro de Felipe VI es un misterio, como el del país. En el fondo, hay una suerte de irresponsabilidad compartida entre el pueblo que jalea a su soberano y éste. El acto de la coronación –o el espectáculo virtual de la misma– contiene en sí mismo una tremenda inconsistencia. Se corona a alguien que aún no ha hecho nada que justifique la recepción del trofeo. Se aplaude al artista que aún no ha presentado su obra. Se reconoce una dignidad que no procede de ningún merecimiento. La monarquía es la única institución moderna cuyo liderazgo no es el resultado del esfuerzo, sino de la herencia. Y eso ya no es de recibo.

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