La ciprea

El fútbol y sus símbolos

24.06.2014 | 02:00

Vicente Verdú, a raíz del mundial de fútbol del 2010, se preguntaba por qué a los seguidores de un equipo nos influyen tanto sus victorias y sus derrotas; por qué vivimos con tanto entusiasmo sus éxitos o sus fracasos, y cuáles son las razones por las que la magia de esa gran explosión aún no ha sido desvelada. En 1981, el mismo Vicente Verdú había escrito un libro en el que intentaba desvelar parte de ese misterio. Se titulaba El fútbol, mitos, ritos y símbolos y en él ofrecía teorías de todo tipo con las que aprendí a entender un poco lo que ocurre en las profundidades de un estadio. Porque lo que ocurre, según su autor, "es tan exageradamente emocional y colectivo, contagioso y simbólico, que la vida, el mundo, toma un aspecto u otro si gana o pierde el equipo. Y no sólo el mundo exterior se altera violentamente, sino la vida interior, la creencia en el destino personal". Lo creo. Todos hemos vivido y compartido alguna vez esa emoción. Y estos días con mayor intensidad.

En un campo de fútbol, la realidad se altera, el mundo cambia de significado, la vida parece tener otro sentido. Cuando el apasionado del fútbol acaba de ver un partido en su casa o sale del campo de verlo en directo, la vida que le rodea da un vuelco. Da igual que su equipo gane o pierda. Todo parece más gris, más monótono, más triste. Todo vuelve a ser lo que era. El mundo queda despoblado de símbolos, de personajes heroicos en los que todos nos sentimos o queremos sentirnos reflejados. Las banderas, los gritos, los gestos, se vacían de contenido y el tipo que deambula por su casa o por las calles de alrededor del estadio vuelve a sentirse solo, vulgar, sin un destino claro que perseguir. El partido ha terminado y con él los rituales que lo acompañan: la música, la ropa, las voces de entusiasmo, los movimientos del grupo al unísono... Y de nuevo reaparece el mundo del que formamos parte.

Mientras fuimos aquel jugador o aquel equipo, fuimos alguien, fuimos algo. Al desaparecer la euforia o la sensación de conjunto unificado por los mismos símbolos, el ser se desmorona al sentirse de nuevo parte de lo cotidiano y lo vulgar. El partido y la gloria o la derrota vividas como un acto común y solidario, han terminado. Las puertas del estadio se cierran y nuestra vida diaria vuelve a lo de siempre. Al cesar la gloria o la derrota compartidas, reaparecen los sucesos cotidianos que tenemos que experimentar a solas. Atrás quedan el estadio y su clamor, miles de voces que nos acompañaron y fueron nuestra propia voz y nuestra misma esperanza.


Miembro del Consejo Editorial de la opinión de tenerife

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