Ritos de paso

JFK era coruñés

19.06.2014 | 23:55

Porque La Coruña tiene historia y de las buenas: (...) reflejada en el nombre clásico del Magnus Portus Artabrorume. Esta vigilante atalaya del proceloso mar ártabro, antes de ser romanizada, es –en la belleza de la leyenda, que recoge en el siglo XI el irlandés Leabar Gabala– punto de partida para Breogán. El gran jefe céltico cree columbrar desde allí una llamada verde de una isla, que por veces desaparece entre la niebla y la mar alta. Con sus barcos (...) parte Breogán hacia el límite. Por "el mar tenebroso y temible y por abismos llenos de monstruos... Así se puebla Irlanda". (José María Castroviejo, Galicia, guía espiritual de una tierra Espasa-Calpe, Madrid 1960). Como el que no se consuela, el que no se alegra, es porque no quiere, después del cataclismo de la Roja y de la proclamación de Felipe VI –ambos acontecimientos quedarán pegados para siempre en el tiempo– decidí empezar esta nueva era en la que España, como todo el mundo sabe, es republicana salvo cuando se proclama a su rey y llena las calles de banderas rojas y gualdas. Decidí empezarla, digo, buscando el alivio de los viejos mitos del cantonalismo que me vio nacer y crecer, de esa península atlántica que vive entre el viento permanente, el agua omnipresente y el hasta luego para volver. Por eso esta columna se inicia, se apoya y existe, a partir de una larga cita del olvidado intelectual gallego Castroviejo, que en uno de aquellos libros que la editorial Espasa-Calpe editaba sobre cada una de las entonces regiones españolas, rememora una leyenda según la cual los pobladores de Irlanda fueron los ártabros, los primeros coruñeses. Por tanto, si eso fue así, los irlandeses y sus descendientes son coruñeses de origen. Ergo John Fitzgerald Kennedy, trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, cuyos bisabuelos irlandeses emigraron a los USA en 1840 huyendo de la hambruna que asolaba su país, era coruñés. Así de sencillo. Todos ello se me arrumbó en un cóctel de imágenes propio de un orto apocalíptico, en el que se mezclaban sin tino Casillas, la reina Letizia, Dallas y los paseos en coche descubierto, Felipe González, dos niñas rubias cansadas y aburridas, otros dos niños no rubios, Iñigo y Artur, que deseaban destacar en su incoherencia (¿qué hacían allí?) En fin, qué bien me vino Castroviejo, que bien me está viniendo la relectura de su libro como alivio mágico ante la mediocre realidad.

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