De un tiempo a esta parte

El cómico ya no es lo que era

18.06.2014 | 02:00

Las nuevas tecnologías han sepultado al humorista, al cómico que antes daba la cara en solitario desde la boca de los escenarios; los chistes y ocurrencias más geniales ya no están en manos de quienes se ejercitan en el inestable oficio de hacer reír plenos de libertad. El público va por delante, tiene más reflejos y más cintura creativa en estos tiempos globalizados, las reacciones humorísticas más finas surgen del patio de butacas. No están en la radio ni en la televisión. Nadie como los lectores de periódicos y los grupos de amigos deshilachados por todo el orbe, para rematar a través de los sofisticados teléfonos móviles las múltiples aristas de la noticia. Es el arte de nuestro tiempo. Hoy existe un humor inmediato que lo supera todo, a tiempo real recibimos en nuestros móviles la inmediatez de lo gracioso. El humorista no es un oficio vigente en los tiempos que corren, su trabajo se ha reducido a un eco, a un lejano estertor de lo que fue. Porque el humorista ya no es portavoz de la contraria; la contra de lo que se supone que está instalado en la tediosa normalidad está en manos del público, ya el cómico no es un aliado de lo popular, ya no se ríe de las monadas de quienes deciden desde los intocables prados del poder porque teme engrosar la temible lista del paro, o acabar censurado en un triste gabinete de prensa.

El humorista, como dice el autor de Temor y temblor, siempre está solo como la fiera. Y, ahora, está más solo que nunca aunque quiera disfrazarse de gregario, y se una con sus gracias a otros solitarios del humor. Porque la risa la despierta ahora el chiste inmediato, el dibujo genial de algún adolescente que envía sobre la marcha una viñeta creada en el momento, que se ríe de una alerta meteorológica, de una real abdicación, de un líquido y ridículo discurso político y de los más serios acontecimientos. El humor está en manos del público. El humorista ha sido despojado de su papel social porque su discurso se ha quedado manso y bajo sospecha, domesticado por las cadenas de televisión, por censores que duermen en los despachos. Es tarde para empoderarse de nuevo desde los escenarios porque los chistes no son chistes, sino plagios del humor adelantado desde la factoría de ideas que late en cada espectador, en el ágil lenguaje que ya está instalado en todas aplicaciones de telefonía móvil.

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