Por peteneras

El arte de la mentira

18.06.2014 | 02:00

El discurso de los políticos suele estar aquejado por la monotonía, como si una miscelánea de letras desvaídas les afectase la mente cuando intenta cruzar el foso que separa el escenario del patio de butacas. Al actor no le ocurre eso, ya que ha nacido con la virtud de adaptar su gesto a las circunstancias, de mutar el color de su piel y el tono de su voz. A veces, además, entrena sus capacidades originales, las mejora, las depura y las sublima, con lo cual el arte gana con el ejercicio al añadírsele a la gracia de la naturaleza la virtud del oficio. El político de profesión, por el contrario, empeora con el uso y tiende a hacer de la coletilla un mantra coloquial, que con frecuencia confunde de sitio y de ocasión, y lo viene a repetir como si rezase el rosario de las verdades rotas, una y otra vez, con la indiferencia que le dan la cuna o el desprecio que, con el tiempo, ha acumulado por sus semejantes. En los viejos manuales de arte dramático se le aplicaba el calificativo de comediante al intérprete que asumía por completo el alma del personaje, perdiendo la suya en el proceso tras venderla al diablo, y reservando el término de actor para aquél que imponía la suya al invento literario en un acto casi deicida. Ese matiz sería el que haría merecedor del calificativo más noble a Humphrey Bogart o a Kevin Spacey, dejando a Alfredo Landa en simple comediante. En uno de sus prólogos –el que dedica a la colección de poemas agrupados bajo el título de El Otro, El Mismo–, cuenta Borges que el escritor Alberto Hidalgo le "señaló su costumbre de escribir la misma página dos veces, con variaciones mínimas". A lo largo de su vida, el político dice la misma frase no dos ni tres, sino infinitas veces, con tonos escasamente diferentes, casi siempre sin sentido, sin dirección y sin motivo. Incluso suele martirizar a la audiencia en formato de tríptico a poco que le dejen. Agustín Muñoz Grandes –un general falangista, que había dirigido las tropas españolas que viajaron a las estepas rusas, supuestamente a combatir el comunismo, y al que Franco apartó oportunamente del mando de tropa– repetía la palaba "obrero" en sus discursos varias veces, hasta que el regidor de escena se daba cuenta y promovía el aplauso de la peña. Ya en nuestros días, Julio Anguita –reaparecido estos días en los ruedos, después de una larga retirada para depurar las esencias de su ideología– solía repetir hasta tres veces la referencia al programa, que acaba sonando como si se tratase de un dogma tridimensional, el canon de las tres religiones monoteístas, la gallina. La práctica de la mentira tiene así una vertiente artística, que es la de los cómicos, y otra perversa. En el caso de la segunda, se puede mentir tanto que, por la concatenación de afirmaciones y negaciones contrapuestas, se puede acabar diciendo alguna verdad, aunque resulte poco creíble.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine