Zigurat

Héctor Vargas Ruiz, aroma a memoria

13.06.2014 | 23:46

Existe un aroma soñado, pertinazmente regado por la memoria, tan frecuente y fecundamente que ya ésta ha convertido tan deseado aroma en indeclinable presente. Siendo aroma imaginario, cada cual lo olfatea –siempre desde el cariño y el afecto– a su libre albedrío. Es también aroma a palabras, a eco poético, a pentagrama del espíritu que siempre espera la voluntad que nace del impulso de la imaginación. Era, más que probablemente, el aroma que siempre se puede cultivar, y él, con sensitiva fidelidad lo deja bien demostrado. Héctor Vargas Ruiz (1972-2014), al intentar (todo en la vida es un intento) domar el pulso de sus emociones, supo considerar el entregarse a la poesía, despojado del narcisismo que tantas veces acompaña descarada o solapadamente a numerosos creadores hambrientos o necesitados de efímeras y pírricas victorias, Héctor se nos hace presente cuando recordamos a las personas expansivas, afables, que quieren y saben rendirle culto a la amistad, y siendo siempre proclives a sostener largas conversaciones nocturnas. También a los creadores que no se consideran a sí mismos como tales, ya que se imponen la tan admirable como escasamente pródiga sencillez. Si la noble concepción de la gestualidad tuviera exquisitos referentes, uno de ellos sería Héctor, dada la espontaneidad y el ocurrente desenfado tan característicos de su abundante gratificante conducta lúdica. Si el ánimo permanece fielmente vinculado a la literatura, para él iba al encuentro de sus queridos compañeros y amigos.

En el 2000, Héctor obtuvo merecidamente el Premio de Poesía Ciudad de La Laguna, su galardonada obra, titulada como Crepitaciones y a la cual le continuó Entropía de bolsillo, con acertado prólogo de una de nuestras revelaciones literarias, Sergio Barreto Hernández, poeta, narrador y crítico literario, que destacaba: "... para Héctor Vargas Ruiz, la Literatura, concretamente la poesía, es testimonio de permanencia, acto a medio camino entre el abrazo físico y el grito trascendental". La emotividad de sus intervenciones recordaba a Agustín Millares Sall, poseía parecido énfasis al del magnífico poeta grancanario. Era, pues, un creador que prestaba suma atención a Pedro Flores, Javier Mérida Rodríguez y Oliverio Girondo, y en él latía el acento autoelegíaco que cobró considerable altura en la poesía de Walt Whitman, y uno de sus poemas, Mi cuerpo y yo, a estimar: "Es como si el cuerpo en el que estoy no tuviera que ver conmigo. / Me esquiva, me evita, / y cuando al fin nos topamos cara a cara / es para discutir amargamente". Queda el aroma, a palabras, a eco poético, a pentagrama del espíritu: Héctor Vargas Ruiz, tornado al versolibrismo y en algunas ocasiones con decidida convicción surreal.
(A sus padres y hermanos)

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