tribuna abierta

Una Constitución para la integración

12.06.2014 | 00:17

El debate social sobre la necesidad de la reforma de la Constitución ha alcanzado su punto máximo con la abdicación del Rey de España habida cuenta que la abdicación ni la renuncia al trono están reguladas jurídicamente en España. Solo se mencionan en el artículo 57 de la Constitución, que dice que tanto esas dos situaciones como "cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el orden de sucesión a la Corona" se tienen que resolver por una ley orgánica. Pero el debate no ha sido la falta de regulación jurídica de esa circunstancia ha ido más allá. A la forma de Estado que demanada la sociedad actual ¿Monarquía o República?

Ningún Estado está organizado de un modo perfecto y definitivo. Y por ello, forma parte de un verdadero compromiso social afrontar su futuro dotándolo de la máxima eficacia, justicia y libertad. La Constitución del 78 es un instrumento jurídico sobre el que se levanta todo nuestro ordenamiento jurídico y político. Pero sobre todo, es la expresión de la voluntad soberana de la Nación. En aquellas primeras ponencias de lo que se dio en llamar los Padres de la Constitución quedó marcado en el texto y en su articulado el consenso entre los distintos grupos políticos, la lealtad democrática, el valor del pluralismo político de aquel momento histórico. En un texto con un espíritu de libertad, de tolerancia, y de convivencia.

Nadie duda a estas alturas que la Constitución permitió alcanzar el Estado de Derecho y la legitimidad democrática. Aún así, los tiempos cambian y la sociedad evoluciona. Y la Norma Fundamental permanece encorsetada ante el recelo de más de uno a su modificación y a su adecuación a lo que la sociedad demanda. La reforma Constitucional es absolutamente necesaria. No hablo de la que tímidamente, por exigencias de la Unión Europea, se produjo por segunda vez para controlar el déficit y el gasto público.

Esta reforma no era necesaria. Muchísimo menos de la forma que se realizó, obviando la consulta y la participación de los partidos políticos con representación legítima y por sufragio universal en ambas Cámaras. Lo peor, prescindir del referéndum. Efectivamente, innecesario desde un punto de vista legal. Pero si, legítimo para la ciudadanía. Es sangrante, que en un Estado democrático de Derecho se bipolarice una reforma del texto Constitucional en los dos partidos mayoritarios, sin tener en cuenta al gran número de ciudadanos que están representados en las Cortes Generales a través de otros partidos políticos.

La Constitución del 78 es extensa, ambigua, con una orientación partitocrática –a la vista está–. Y excesivamente rígida en algunos aspectos. El tratamiento de la unidad del Estado y la división territorial no está siendo eficaz. Hablemos por lo tanto, en serio, de una verdadera reforma que contemple la forma de Estado, la Corona, el Estado de las Autonomías, el inexistente Senado, no solo como cámara de representación territorial, sino además, reforzando sus potestades legislativas que le permitan iniciar proyectos y proposiciones de Ley. Una reforma que incluya a Europa. Y a las regiones, y nacionalidades que conforman España.

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