por peteneras

El retorno de los brujos

11.06.2014 | 02:00

En los años sesenta, en buena medida impulsado por la moda del realismo fantástico, que promovieran Louis Pauwels y Jacques Bergier, en los mentideros intelectuales de la España franquista se leía con tanto fervor a Lukacs como a Fulcanelli. Es decir, se leían libros con talante de misteriosos –en algunos casos porque estaban prohibidos por el Régimen, y en otros por el Vaticano–. En aquellos tiempos resultaba habitual llevar bajo el brazo ejemplares de las obritas de Marcuse o del Libro Rojo de Mao, que alguien había adquirido en el mercado de Portobello en una graciosa edición de tapas plastificadas. Un amigo mío pasó parte de su adolescencia paseando La Nausea, de Sartre, –aunque dudo que llegara a leerla por completo– y yo mismo me compré un ejemplar de un libro de Nietzsche, cuyo título no recuerdo, porque me parecía maridaba muy bien con mi traje gris de rayas verticales –en realidad, el único que tenía–, aunque dado mi daltonismo es posible que se tratase de colores irreconciliables. La magia de los libros serios de éxito –ya sean prohibidos o superventas– radica más en su fama oral que en su lectura compartida, y es posible hablar de ellos sin haber ojeado una página o, como mucho, habiendo echado un vistazo rápido a la sinopsis de la contraportada. Dicen que en las esquinas de Manhattan los ejecutivos van a almorzar con El capital del siglo XXI –el tocho de más de 700 páginas escrito por el economista francés Thomas Piketty–, y que lo usan como una carta de introducción social en el mismísimo corazón del neoliberalismo. Lo cual permite insinuar que la profunda tesis de Piketty se ha convertido en un icono del capitalismo, en lugar de actuar como un arpón de castigo que frene su desarrollo. Esta misma semana, en Santa Cruz de Tenerife, se celebra un apasionante mano a mano entre el fino economista local José Luis Rivero y Serge Latouche, autor o promotor de la teoría del decrecimiento, donde van a promulgar –según reseña el programa– nada menos que las "instrucciones para crear una economía futura". Mientras el economista francés ha defendido una revisión radical del concepto de nivel de vida y una reducción del consumo y la producción, el tinerfeño opina en privado que en el alma oculta de ciertos movimientos callejeros se agitan ecos del cara al sol y la camisa nueva, y que en el actual arte de birlibirloque se abusa en exceso del perfil. Puede que las profecías contengan un poso de esoterismo que las aleja de la ciencia y las mete de lleno en las vasijas del ocultismo. En su libro Las moradas filosofales, el citado Fulcanelli consideraba al sol un astro gélido emisor de oscuridad, motivo por el cual las cumbres más altas permanecen coronadas de nieve, pese a los ardores del verano. Lo cual es tan contradictorio como la confrontación entre el bienestar urbano y la vida pastoril, tal vez la base del debate entre cornucopianos y decrecentistas.

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