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Crónicas de la revo-ilusión

Mi reino por un flotador

11.06.2014 | 02:00

En el país de los ciegos, el viejo rey es como un tuerto que nunca quiere ver más allá de su beatífica superioridad genética sobre los pobres súbditos. Porque se trata de un elegido por la herencia sangrienta de todos sus antecesores para continuar ostentando los privilegios que tan noble linaje le otorga.

Si el pueblo se levanta en contra de la monarquía, entonces reúne a los prebostes políticos y decide redoblar la presión mediática para que los ingenuos que aún creen en cuentos republicanos cedan, ante el chantaje de la estabilidad institucional. Si, a pesar de los esfuerzos por maquillar el deterioro en la imagen pública, se comprueba que ya no goza de su antigua popularidad, da otra vuelta de tuerca y abdica en su digno hijo porque la condición de la realeza es sagrada y nuestra nación necesita a las nuevas generaciones de la familia borbónica, para que pongan en marcha otra restauración y limpien el estercolero que nos deja la anterior, con esa cantidad intolerable de nuevos ricos y sátrapas banqueros del negocio financiero.

Es el último salvavidas que le queda a la corona, bajo la inquieta mirada de la clase media sodomizada por las multinacionales del miedo. El nuevo monarca se mide a una casta plagada de villanos, ya no queda ninguno de aquellos valerosos héroes de capa y espada, los salvadores de la moral y la razón. Un mar de insatisfacción recorre la piel del reino invertebrado, y en el norte, lindando con Francia, se agita la llama de la secesión.

Felipe, el sexto, se agarrará a las promesas de recuperación económica y a un lenguaje contemporáneo que sostenga con palabras nuevas y agradables a las carcomidas estructuras del régimen instaurado en el 78. Pero tendrá que demostrar mucha habilidad en el timón, pues el buque hace aguas y la tripulación esta desencantada por el hambre y las fatigas. El margen de maniobra es mínimo, y ni siquiera la primera clase se siente tranquila con los vaivenes de esta indomable religión económica que se lo traga todo.

La marejada ciudadana amenaza con convertirse en un continuo temporal que lleve al navío a la zozobra definitiva en el contexto de un gigantesco naufragio europeo.

Aquí tenemos a un príncipe, nombrado rey de repente, con las prisas de la desesperación, que se apresta raudo a recuperar el control en medio de un océano globalizado. Cuando lleguen las primeras embestidas, su memoria viajará hasta los tiernos años de oropeles y palacios, cuando jugaba a vencedores y vencidos con los infantes miembros de otras dinastías, entre nodrizas y empleados plebeyos. Y pensará que aquel tiempo ya no volverá. Y si por el fragor del combate, ocurriese que el caballo real huye despavorido de la batalla, el joven Felipe gritará, rodilla en tierra, confundido y sin brújula: por Dios y por España, traigan un flotador, mi reino por un flotador.
rafadorta.blogspot.com

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