Tribuna abierta

Héctor Vargas

09.06.2014 | 02:00

Entiéndelo, no puedo aceptarlo. Ahora que tenía un poco de dinero, te vas sin que me dejes malgastar mi pasta invitándote a algo: no es justo, ni para mí ni para todos los huérfanitos que dejas ahogándose en los bares y esperando por ti, por si apareces de una vez, con tu sonrisa de los sábados, tu gran barriga y tu barba pobladísima. Te debo tantas cosas, nos debemos tanto, te echo tanto de menos que no puedo más que odiarte con un asqueroso amor apasionado. Ahora, como Vallejo, te odio con ternura porque nos quedaban muchas noches, y nos has dejado más solos, consternados, y quedaron muchas cosas pendientes: nunca hicimos aquel trío. Nos debemos un polvo y otro chupito de tequila a las tres de la mañana, cuando el The Pink está por cerrar, oso amoroso, pertinente fumador, amante desvergonzado, risueño caballero, golfo, buenazo, poeta, borracho...

Al final, ya sabes, todo es aún peor sin ti: ahora me parece una mierda. No quiero hacer literatura ni buscar imágenes brillantes para hablar de la muerte (esa tremenda puta, hija de la chingada). No, Héctor, no, aunque lo cantamos muchas veces, sí que viniste para hacer amigos (muchos, demasiados), siempre pudimos contar contigo a cualquier hora y en cualquier caso; pero ni eras tan feo como presumías ni tan fuerte como esperábamos y, desde luego, eras lo más adorablemente informal que ha parido madre en estas Islas, hoy más desveladas de lo habitual y que van un poquito más a la deriva sin vos. Ahora un aire frío me sopla en el costado, estas noches en que ya no andas conmigo, frotándote o sosteniéndote en mi hombro, con tus gafas feas, tus camisas de rayas y tu sombrero anticuado. Me has desabrigado para siempre y eso no se hace, cabronazo.

Siempre te gustaron las despedidas a la francesa, pero esta vez te exijo una rectificación porque nos has jodido bien a todos: ahora sí que nos la metiste doblada. Deja que hoy me ponga "desagradablemente sentimental". Nunca fuimos los más altos ni los más delgados de tanta noche lagunera; pero sabíamos llenar nuestro sitio. Ahora tu butaca está vacía para siempre, y dime cómo hago para pedirle una caña a Andrés, cómo le doy un beso a Laura o a Gloria o a Yolanda o a Mónica de parte de los dos, o qué coño puedo decirle con sentido a Juan o a Javi y que no suene ridículo o innecesario. Siempre me decías: "Iván, si vas a La Laguna, pégame el toque". Héctor, recuerda que te espero esta noche en el Siete, así que no me jodas y no llegues tarde. Cuando entre, quiero verte sentado a una de las mesas del jardín aunque haga frío, riéndote, con tu riñonera de siempre y con una dorada casi llena, liando un cigarrillo con tu pequeño chisme, y con esos dedazos blancos y gordezuelos que siempre supieron tocar las fibras más sensibles. Después de darnos un abrazo, nos contaremos, una vez más, nuestra anécdota preferida: sí, más que asiduos del Blues, somos residuos. Sé que tú volverás a reírte con ganas y sinceramente, aunque ya no tenga gracia; aunque escribir esta mierda –en un día gris donde todo sabe a despedida– no tenga ni puta gracia. Lo hago copiándote de frente, al natural. ¡Venga! Ya sabes: nunca se pide la última, siempre es la penúltima, esa que todavía tenemos pendiente. Esta vez invito yo, pero no te la perdono: me la debes, poetílico. No hace falta decirte que te quiero.

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