Ritos de paso

Monárquica semana

06.06.2014 | 00:20

Las maldiciones, el destino desatinado que afecta sin remedio a las personas que vivimos con un pasaporte que dice España. También Unión Europea, pero cada vez nos gusta menos que lo diga. Por distintas circunstancias que no vienen al caso, formo parte de una grupo generacional que se educó en el desprecio a Juan Carlos de Borbón, aquel chico alto que Franco decidió nombrar sucesor "a título de rey." (Sobre el estilo hiperefumeístico y autorredundante del franquismo debería escribirse un tratado: el "hecho biológico" el "equipo médico habitual, el "estando cazando..."). Cuando escribo que me eduqué, me refiero a mis once años, cuando Juan Carlos pasó a ser Príncipe de España –nunca de Asturias–.

Por esa educación absurda, entre otras cosas, cuando el personaje se convirtió en Juan Carlos I, jurando los principios del meneíllo delante del emocionado fascista Rodríguez de Valcárcel, las ilusiones que depositaba sobre su figura eran cero. Me sorprendió, sólo eso, que nombrara presidente a aquel hombre quintaesencial del tardofranquismo, Adolfo Suárez. Y cuando este convocó el referendo de la reforma política, pintamos en las paredes "no votes, lucha" pero éramos una inmensa minoría. También lo éramos cuando tuvimos ocasión de votar por primera vez en otro referendo, el de la constitución, y volvimos a repetir la abstención activa y militante: el pueblo soberano aprobó otra cosa.

Y ahora, la misma semana que el rey abdica, voluntaristas de acá y de acullá, deciden abrir el debate sobre la forma de estado, centrándolo en si república o si monarquía. Eso, en el mismo momento que empezamos a temer por la alimentación de nuestros niños, que llegan a los colegios sin desayunar, y que para garantizar que coman en verano, habrá que abrir los comedores escolares. Esa es la maldita izquierda que tenemos, la Plural la de Podemos y la que está por venir: un cero a la izquierda. Este modelo de estado de construcción democrática ha ido funcionando, entre otras cosas, porque tiene un elemento neutro y de pequeña cohesión simbólica en la jefatura del mismo, el rey. Por eso recibo con ilusión atenuada a Felipe VI; ilusión porque creo conocer sus valores, que son muchos y útiles; atenuada porque los tiempos no permiten ni reflexiones ni esperas. Según Pérez-Reverte, nos hubiera ido mejor si hubiéramos tirado de la guillotina. Yo creo que sólo es una buena metáfora pero tardía.

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