por peteneras

El discurso del rey

03.06.2014 | 23:40

Lo cual que la misma realidad se turba, angustiada, ante la acumulación de ocurrencias del personal. El fondo intelectual de la democracia –o qué se yo– se basa en que el pensamiento de la tribu se enmarque en programas de fácil lectura y de música sonora. Lo malo es que nadie los lee, y lo de menos es lo que se escribe en las minutas. Y es que los programas no están hechos para cumplirlos, sino para dar letra a los artistas, forraje a las tertulias y trabajo a las imprentas. Como les ocurría a los viejos cómicos de la legua, que cruzaban los caminos de la tierra en un viaje infinito a ninguna parte, el arte siempre ha estado por encima del contenido, y más vale un gesto rumboso y un pestañeo con cierta emoción que la profundidad de una elegía. Lo inesperado de la actualidad es que a la remodelación de las iglesias se sume, sin avisar, la abdicación de los monarcas, la renovación de las dinastías, el cambio de trajes para la boda. La ancianidad del pobre Lear parece llegar cuando las callejones del ducado de Cornualles se llenan de contenedores derramados y carreras inciertas. A estas alturas, uno no sabe si el del pasamontañas de al lado es un antisistema o un madero infiltrado, y eso sólo se puede descubrir una vez que se quite el gorro y se le vean la mirada y el careto a la luz de la luna. La sucesión de los reyes parece ajustarse a mecanismos ancestrales, en los que la herencia tiene más valor que la sucesión natural de los fenómenos, el guión de partida es más respetado que la inspiración del actor, y la rigidez del mensaje escrito en el papel pautado pone trabas infernales a la aparición del duende. Al príncipe de Dinamarca, cuando llegaba la noche y el aire se llenaba de gélida melancolía, se le aparecían los fantasmas de su memoria y le clamaban venganza. A los herederos de los capos de la mafia se les exige una prestancia que ya no es de su época, y si tratan de blanquear su conciencia el tinglado les suele estallar en las manos mientras comulgan o les imponen el toisón. Los clubes de moteros anarquistas son ya casi una imagen de otro tiempo, uno que se nos ha escapado mientras discutíamos sobre la oportunidad de las reformas y el interés global de los acuerdos. Al margen del momento, el paisaje, el color del crepúsculo, el mantra de fondo y la puesta en escena, los reyes, en su vida pública, no hacen más que tres discursos. En el primero aceptan la responsabilidad de la historia y juran los principios del Movimiento. En el segundo nos salvan la vida, después de haber estado a punto de quitárnosla. En el tercero, casi al final de la tragicomedia, anuncian su abdicación. De repente, nos encontramos con una avalancha de noticias de portada y reyes sin camisa, líderes desnudos, discursos vacíos como aleluyas.

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