la ciprea

El brillante más grande del mundo

02.06.2014 | 23:49

Diecisiete millones de euros esa mierda de cristales brillando en la penumbra de una sala de subastas. El subastador (imagen desvalida del lacayo de turno desangelado y vicioso; la mirada aguada, la baba sobre la comisura de los labios) enseña la cosa que reluce sobre la mano de alguien sin rostro (la televisión no tiene rostro excepto cuando le interesa mostrarlo a la luz). En la sala, gente. Mucha gente. Muy seria toda esa gente mirando al lacayo. Las mujeres van de chaqueta, tan graves y formales, sombrerito de primavera y pocas joyas en las manos o en el cuello. Algunas llevan un cuaderno de tapas de piel negra o quizá marrón, no lo sé; desde mi guarida a cuarenta grados a la sombra no consigo verlas bien. Oigo las noticias y oigo la voz de la locutora que sonríe o me parece que sonríe mientras deja caer las palabras sin conciencia alguna del efecto que las palabras van a producir en mis oídos.

Diecisiete millones de euros van a pagar o piden o ya han pagado por esa piedra reluciente extraída de las montañas de un cierto país africano donde los niños son reclutados a cientos para introducirlos en pequeñas aberturas de la tierra y puedan sacarlas de allí dentro, los ojillos relucientes, felices, por haber hallado algo tan deslumbrante bajo los rayos del sol. ¡Y qué saben esos niños de nuestras manos abiertas bajo las copas de cristal dejando escapar por ellas diminutos reflejos de colores! ¡Qué sabemos nosotros de sus manos heridas al escarbar el corazón de la montaña! ¡Qué sabemos de su sangre vertida sobre miles de pequeños destellos de luz! ¡Qué sabemos nosotros del hambre y la desesperación de todos esos niños!

Diecisiete millones de euros pagaron hace días por ese cristal en una subasta en Nueva York y diecisiete millones de vidas caminaban en esos momentos por alguna carretera polvorienta, kilómetros de arena, un pedazo de tierra reseca, sabana o selva de algún país cuyo nombre nos resulta difícil pronunciar. Pero nadie parece saberlo en esa sala de subastas. En esa sala nadie les habla de secuestros a niñas por querer estudiar, de persecuciones en masa por ser de distinta etnia que aquella que tiene el poder, de condenas a muerte por casarse con alguien de otra religión que no es la que profesan los que gobiernan en su comunidad, de matanzas indiscriminadas por nacer en una tribu y no en otra, de muros y cuchillas que parecen ser el único impedimento que puede alejarlos de toda esa locura, de cuerpos que flotan en el mar por huir de toda esa crueldad...

Diecisiete millones de euros acaban de pagarse por todo ese silencio.

Miembro del Consejo Editorial de la opinión de tenerife

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