tribuna abierta

La lacra homófoba

02.06.2014 | 02:00

El pasado 16 de mayo celebramos el Día Internacional contra la Homofobia, y yo lo hice viendo amanecer sobre San Sebastián de La Gomera para luego ir desde allí hasta el puerto de Los Cristianos en un barco que se bamboleaba y renqueaba bajo el primer sol. Luego me tocó salir hacia Los Rodeos para coger un avión a Puerto del Rosario. Mientras hacía estos pequeños viajes deseaba que algún día, en un futuro no demasiado remoto, los gobiernos que hoy siguen redactando y aprobando leyes discriminatorias, injustas y vergonzosas, defenderán y pondrán en igualdad de condiciones a las lesbianas, gays y bisexuales. Quiero recordar y traer aquí el caso bochornoso de Uganda, país donde recientemente fue aprobada una ley que castiga las relaciones con personas del mismo sexo con ¡cadena perpetua! No me gustan los signos de exclamación por cursis, excesivos o falsos, pero hoy aquí los encuentro justos. Verdaderamente deseo y espero que muy pronto, en países como Yemen, Irán, Mauritania, Arabia Saudí o Sudán, se deje de castigar a los homosexuales con la muerte solo por ser lo que son y amar a quienes aman. ¿Cómo es que no interviene en casos tan hirientes como éstos la llamada Comunidad Internacional, cómo se permite lo que ocurre hoy en Rusia y los discursos que se estilan atacando y denigrando a los homosexuales? Me parece de una lógica absoluta que los gays, las lesbianas, los homosexuales, como cualquiera, deban disfrutar de una vez, y en todos los países del mundo, del derecho pleno a la vida, a la libertad de expresión y, por supuesto, a que no se vulnere o se atente contra su integridad, y aún menos si quien lo hace son gobiernos que empuñan y promueven leyes descabelladas, grotescas e inaceptables. No se debe ni se puede permitir que ninguna persona, sea de donde sea y con la condición social que sea, sienta amenazados su vida privada o su trabajo solo por su orientación sexual. El gobierno, la política, los llamados estamentos gubernamentales, no están para entrometerse, o no debieran estarlo, en la intimidad de las personas, sus sentimientos o sus afectos, sino para defender y garantizar sus derechos y hacer que se cumplan las leyes; pero solo cuando éstas son en verdad justas con todos, y están hechas para asegurar la felicidad y la protección íntegra de todos los ciudadanos.

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