Tribuna abierta

La fuerza de Canarias

01.06.2014 | 02:00

Durante una semana hemos estado oyendo análisis sobre las elecciones al Parlamento europeo. Y casi todos han tenido la cualidad de no hacer ninguna referencia a la cámara legislativa para cuya constitución se convocaba a los electores. El resultado se ha interpretado en clave de estado, en clave canaria, en clave local, como un voto de castigo al bipartidismo, como un voto anti sistema...

Cuando los electores se pronuncian con tanta rotundidad caben muy pocas interpretaciones. Los partidos políticos protagonistas en la vida pública de nuestro país se han llevado un cachetón muy importante. Se lo ha llevado el que gobierna, el PP, a pesar de que salieran con cara de circunstancias a decir que habían ganado las elecciones. Se lo llevó el PSOE en la oposición y han sido capaces de tomar buena nota abriendo un proceso de discusión interna. Y se lo ha llevado Coalición Canaria. Y aunque el castigo electoral haya sido algo menor para nosotros –en porcentaje– sería un gran error no escuchar cuando la gente habla.

Para algunos de nosotros ha sido importante comprobar que los ciudadanos que votaron expresaron su descontento. Y ha sido incluso mucho más importante comprobar cómo la gran mayoría de los electores decidieron quedarse en sus casas. Una gran mayoría silenciosa que, a su modo, también manifestó su desprecio por la manera en que hoy se hace política.

Nos hemos alejado de la gente. Nos hemos distanciado de la calle. Los partidos políticos se han convertido en organizaciones que parecen un fin en sí mismas y no una herramienta para dar respuesta a las cosas que quiere y necesitan los ciudadanos. La política ha adquirido tanta mala reputación que a muchos profesionales les resulta ofensivo que se les plantee dedicar una parte de su vida a trabajar por el resto de sus conciudadanos. Cuando se quiere traer hacia la responsabilidad pública a cualquier ciudadano normal, la respuesta es una rotunda negativa porque se trata de unas responsabilidades sometidas al desprestigio. Los partidos políticos y los medios de comunicación hemos transformado la democracia en una fuente incesante de escándalos, de procesos judiciales, de acusaciones, de persecuciones, de insultos... Una algarabía donde ya es difícil descubrir nada bueno, noble y elevado.

¿Por qué nos vamos a extrañar de que la gente se quede en sus casas? O de que el voto vaya a fuerzas políticas alternativas. Es lo que nos hemos ganado a pulso permitiendo que unos pocos hayan servido para dar mala imagen a todos los demás. Consintiéndolo y fomentándolo. Haciendo del rival político un enemigo. Haciendo de la política una guerra. Nos hemos olvidado de explicar que mayoritariamente trabajamos honradamente por nuestros ciudadanos. Que por unos pocos conductores irresponsables no se puede decir que todos los conductores de este país sean un desastre. Que la democracia nos ha traído, además de libertad, los años de mayor desarrollo económico y mayor progreso de este país.

Los nacionalistas canarios hemos permitido que las pequeñas diferencias y las grandes ambiciones personales –todo lo legítimas que se quieran– nos hayan separado, dividido y debilitado. Nos hemos olvidado de explicarles a nuestros jóvenes que ser canario no es sólo el traje de mago y el acento con el seseo. Que ser canario es ser consciente de vivir en un archipiélago maravilloso situado a más de mil kilómetro de la Europa a la que pertenecemos los ciudadanos. Que ser canario es tener que coger un avión o un barco parta ir al continente o a la otra isla, para exportar o importar. Que ser canario también es situarse en su realidad geografía intentando aprovechar las oportunidades que nos da la geografía en turismo, comercio o desarrollo de nuevas tecnologías, que supone ser diferente y explicarlo, para que quienes legislan lo tengan en cuenta. Que implica pelearse un día sí y otro también para que no te olviden quienes creen que Europa acaba en Cádiz.

Los nacionalistas canarios hemos permitido que la fuerza de estas islas se haya ido debilitando poco a poco. Hemos dejado de explicarle a la gente lo importante que es tener nuestra propia fuerza, nuestra propia voz. La suya. La de todos. Nos hemos acomodado en los sillones de los parlamentos, los ayuntamientos o los cabildos, sin darnos cuenta de que aunque a nosotros nos vaya más o menos bien a nuestra tierra le va mal. Que la fuerza que perdemos no es un problema menor de un partido político, sino una tragedia para una tierra que necesita gritar para ser escuchada. Nos hemos dormido. Hemos sido cobardes y cómodos.

Estas elecciones son una cachetada para que nos despertemos. Y este Día de Canarias es un día para celebrar nada sino para empezar algo. Como dicen los pibes: hay que ponerse las pilas. Ir a la calle. A llamar a la gente. Que nos hacen falta todos para volver a empujar y salir de aquí.

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