Tribuna abierta

Vivir para contar

26.11.2013 | 23:18

Resulta loable y heroico, en los años prosaicos que se enquistan en la piel de la cultura actual, que un municipio del norte de Tenerife, Los Silos, haya auspiciado y consolidado con mimo y creatividad una iniciativa, a la par admirable y factible, y una saludable unanimidad por parte de instituciones, empresas y vecinos: el Festival Internacional del Cuento cumple este año su mayoría de edad (1996-2013) con un programa que certifica el vigor y el cosmopolitismo de los proyectos bien concebidos.

Tuve la ocasión (inducida) de asistir a la edición del año pasado y doy fe de que las recomendaciones entusiastas de mis amigos palidecían ante el escenario mismo de un pueblo entregado sin reservas a la celebración de la palabra (cantada y contada). No se lleven a engaño los que quieran acudir este año por primera vez: no se trata únicamente de un encuentro variopinto de narradores orales sino de una estrategia integral que incluye talleres, dramatizaciones, exposiciones y actividades para adultos y niños en un clima de saludable interculturalidad.
El Festival se vincula al fervor de la Asociación Cultural para el Desarrollo y Fomento de la Lectura y del Cuento en su noble propósito de ilustrar una de las condiciones inherentes del ser humano, la de contar, y a su trasluz irradiar y conjurar la aventura antropológica de la imaginación, la creatividad, el acceso a la literatura y adopción de la palabra como juego, aventura, conocimiento y catarsis. Porque el municipio se regenera en una metamorfosis mágica que envuelve a las calles, a las luces, a los paisajes y a las gentes en un escenario que escapa a las cubiertas del libro. El municipio es atril y escenario, voz y música, auditorio e intérpretes: la habilitación de varios emplazamientos, naturalizados en la realidad doméstica del pueblo, permite mantener un programa rico y efervescente de opciones simultáneas. Se rescatan los aforos y los ritos del contar: desde el teatro al salón, del patio al convento, de la sala a la calle. Los Silos se convierte, con seductora atracción, en la capital lúdica de la Isla Baja y materializa una de las más apetecibles ofertas del turismo cultural de Canarias: no obviemos el apoyo del sector hotelero y comercial, bazas esenciales para la eclosión y la idoneidad del Festival como factor de dinamización no sólo social.

Todo pueblo tiene su soñador. Y su profeta en tierra propia. El Festival y la Asociación no existirían sin su valedor y fundador, Ernesto Rodríguez Abad, profesor universitario, creador y también contador, sin cuya obstinación este milagro de la literatura oralizada no hallaría asiento ni refugio en el norte tinerfeño. A él y a su equipo de incondicionales colaboradores (desde la Corporación municipal al pueblo anónimo) se deben la fortuna y el hallazgo de esta milagrosa empresa. Felicidades por la iniciativa y gracias por su insobornable fe.
Con la presencia de narradores de Italia, Chile, Puerto Rico, Sáhara, Ecuador y España y la asistencia de la ecuatoriana Rosalía Arteaga, la edición de este año desemboca en la figura de otro contador universal (de nuestra historia, de nuestra naturaleza, de nuestra sociedad, de nuestra educación, de nuestra ciencia), el ilustrado realejero José de Viera y Clavijo, de quien se cumple el bicentenario de su muerte.
Atrévanse a levitar en la palabra que inaugura el mundo, en la voz que la matiza, en el gesto que la adereza y en el silencio que la acepta y la saborea. Acudan al Festival Internacional del Cuento de Los Silos porque aún existe la emoción infantil de crecer y creer, de presentir sin comprobar, de intuir sin constatar: dejemos que el misterio suspenda la conciencia cruzando, como Alicia, el espejo del libro que nos habita.
Permítanme que concluya y reconozca el homenaje al célebre título de las memorias de Gabriel García Márquez quien, a buen seguro, aplaudiría este noble empeño del Festival Internacional del Cuento si estuviera en condiciones de hacerlo. El irrepetible narrador hispanoamericano saludaría la entusiasta cita insular de un municipio anestesiado en un rincón del Atlántico que, durante unos días, sacude su insularidad y se hace rosa de los vientos para soñar y contar su sueño.

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