tribuna abierta

Un verano patriótico y gibraltareño

01.09.2013 | 02:00

A falta de otras glorias de mayor calado político, social, económico o cívico de las que presumir, España se viene pavoneando últimamente de sus éxitos deportivos. Esos triunfos son asumidos como propios por locutores y comentaristas que, henchidos de emoción, utilizan la primera persona del plural para hacerlos suyos, y por extensión, nuestros. De manera que, convertidos en patrimonio nacional, los dividendos espirituales que proporcionan, se reparten entre toda la sufrida población: "Hemos ganado", "somos campeones"... Estas expresiones de uso coloquial se elevan a la categoría de arenga patriótica. Las emplean, con tanta generosidad como falta de rigor, desde el Jefe del Estado, su familia, su corte y los miembros de su Gobierno, hasta el último currito desempleado que amaina sus frustraciones con los regates de Iniesta y amortigua sus angustias con las voleas de Rafa Nadal.

Todo este entramado de emociones, muchas veces sinceras pero otras impostadas, no sería posible sin la inestimable colaboración de TVE. Las teles en general, han devenido en otro electrodoméstico más del hogar, como el friegaplatos, la cafetera o el frigorífico, cuyo manejo está instalado en el subconsciente del personal. Desde esa privilegiada posición de dominio, los narradores son los encargados de inocular la sobredosis de pasión a unas imágenes que, miradas friamente y sin el aditamento del audio, la mayoría de las veces despertarían en el espectador la misma agitación que provoca un cactus: ninguna.

En ese sentido, este agosto tan rancio y gibraltareño ha sido un mes especialmente rico en vivencias patrióticas. El fervor españolista se inició en torno al equipo femenino de waterpolo que conquistó el título mundial en territorio apache; –!huy!, perdón, quería decir en aguas catalanas, que últimamente bajan muy revueltas–. Aquella noche de la final, el comentarista de TVE alcanzó el paroxismo, celebrando "un triunfo que es de todos", se desgañitó intentando convencernos de que en efecto, quien no sintiera el título como propio, era de la cáscara amarga. Peor para él.
A los pocos días, en pleno éxtasis por otra victoria colectivizada, esta vez a cargo de Nadal, curiosamente, TVE emitía una promoción sobre esa serie que ensalza la vida y milagros de aquella reina, tan católica, como hedionda, que se negó a cambiarse el refajo hasta que sus soldados conquistaran Granada. "Isabel: el futuro", rezaba la cuña publicitaria. Ante la perspectiva, mejor borrarse, me dije a mí mismo.

Para colmo llegó el triunfo de La Roja en Ecuador, tan fácil de patrimonializar tratándose de fútbol. Y como colofón, hace unas fechas, el As revivió uno de los episodios más gloriosos de El Alcázar, el periódico de la derecha ultramontana, en el que escribía Vizcaíno Casas. Este notorio franquista arremetió y ridiculizó el uniforme de la senyera que el Valencia vistió en Madrid en los albores de la democracia. Ahora, como entonces, otro elemento igual de ignorante y provocador, que emponzoña las páginas del periódico deportivo madridista, se preguntaba si la camiseta cuatribarrada que el otro día lució el Barça en el Calderón, era un simple despiste o una provocación. Fue el digno remate. Al instante, el fervor independentista subía como la espuma.

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