inventario de perplejidades

El veraneo de los poderosos

01.09.2013 | 02:00

El lugar de veraneo de la clase dirigente es uno de los entretenimientos de lo que antes se llamaba la menestralía, es decir, de la gente del común. Este año, por ejemplo, el presidente del Gobierno, señor Rajoy, escogió una casa rural en la comarca del Salnés para disfrutar de sus vacaciones. El verano anterior estuvo en Sanxenxo y daba largos paseos por la playa de la Lanzada en compañía de su mujer. Pero este se temía que los afectados por las preferentes aprovechasen la ocasión para manifestaciones de protesta y se prefirió un lugar recoleto, cerca del monasterio de Armenteira, donde se produjo el milagro de San Ero, un fraile que pasó más de doscientos años durmiendo en el bosque hasta que lo despertó el canto dulcísimo de un pájaro. Al señor Rajoy los caricaturistas de la prensa nos lo dibujan como un hombre apático que se tira a la bartola esperando que los problemas más gordos de la gobernación del país se resuelvan por sí solos, pero ninguno de ellos aprovechó para sacarle punta al lápiz con la leyenda de San Ero, seguramente un precursor del presidente.

De la actividad vacacional del señor Rajoy ha trascendido que se levantaba temprano para dar un paseo de seis kilómetros (la distancia ideal que recomiendan los médicos para los que recorren la ruta del colesterol) en compañía de un varón de su confianza o de alguna jerarquía política menor. Lo hizo todos los días y ya al final de sus vacaciones se dejó retratar con un pelotón de dirigentes de su partido entre los que se contaban la ministra de Fomento, doña Ana Pastor, la única mujer del cortejo, y el presidente de la Xunta de Galicia, señor Feijóo, ese que aspira a sucederlo a poco que caigan en el olvido sus relaciones de íntima amistad con un conocido narcotraficante. Los paseos de Rajoy por una frondosa senda verde son una alegoría del distanciamiento de la clase política respecto de la realidad. Algunos cronistas especularon con la posibilidad de que durante esos paseos el presidente estuviese meditando sobre un inmediato cambio de gobierno y otros se limitaron a reseñar que seguramente acumulaba salud y energía para encarar un otoño que se presume conflictivo.

Como ya dije más arriba, el escenario de los veraneos de los dirigentes políticos es objeto de la curiosidad ciudadana. Aunque el objetivo de todos ellos sea alejarse del calor insoportable de Madrid durante el mes de agosto.

Los Borbones de antes de la Guerra Civil escogieron las orillas del Cantábrico y fijaron residencia en Santander y en San Sebastián, dos emplazamientos de clima agradable y fresco donde hace falta echarse a la espalda un jersey para la noche. Y los Borbones de después de la restauración franquista optaron por las islas Baleares, arrastrando con ellos a la gente guapa. Franco, en cambio, escogió una vía intermedia entre los Borbones de antes de la guerra y sus preferencias particulares y repartía el tiempo de ocio entre A Coruña y San Sebastián. Luego vinieron Suárez, que cambió cinco veces de destino y González, que abrió la moda de Doñana. Aznar era asiduo de Oropesa y Calvo Sotelo, de Ribadeo.

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