crónicas galantes

Las rebajas de la catástrofe

31.08.2013 | 02:00

Hastiados de tanto elogio a los vecinos de Angrois y de que una fatalidad pueda ser gestionada eficazmente por un gobierno de provincias, son bastantes los que por ahí empiezan a ver poco o ningún mérito en el abordaje del desastre ferroviario de Santiago. Ni las catástrofes se libran de las rebajas, por lo que se ve.

La españolísima costumbre de buscar culpables a cualquier precio ha llevado a algunos a detectar fallos de coordinación y retrasos del todo imperdonables en el operativo que dio respuesta al accidente. Poco importa que los propios afectados elogiasen la solidaridad del vecindario y la tan rápida como eficiente intervención de los muchos profesionales que, con su esfuerzo, aliviaron en lo posible los efectos de la tragedia. Si ellos no se quejan, alguien tendrá que hacerlo: aunque sea rebuscando errores de organización que nadie vio sobre el terreno.

Peor se pone el asunto si uno atiende a la cháchara en los foros de internet, donde las culpas se reparten equitativamente entre el Gobierno anterior, el actual, la Renfe, Adif, los recortes presupuestarios y los políticos en general.

Cierto es que no conviene hacer mucho caso a esos foros, que suelen ser reuniones de gente embozada tras un alias. Fue Hernán Casciari el primero en advertir que una de las grandes ventajas de internet consiste en haber retirado a los tontos de las calles para que "se queden en casa conversando entre ellos", en vez de darle la lata a los transeúntes. Aun así, no dejan de inquietar las cosas que la gente escribe cuando se sabe –o cree– anónima.

Una de las afirmaciones que en estos días de rebajas proliferan en internet es la de que la actitud de los vecinos de Angrois no fue, en realidad, para tanto bombo como se le está dando. De acuerdo con esta teoría de la bondad universal, el coraje y la rapidez –por no hablar ya de la eficacia– con los que el vecindario de esta parroquia acudió en socorro de las víctimas son los mismos que habría adoptado cualquier otro ser humano en no importa qué lugar del mundo. Nada habría de particular, por tanto, en esa solidaria reacción.

No hay por qué pensar lo contrario, salvo por el hecho de que unos pocos días atrás, otra catástrofe ferroviaria ocurrida en la estación de Bretigny, cerca de París, dio origen a cierta polémica sobre ese comportamiento humano que al parecer resulta tan habitual y previsible. Algunos supervivientes al descarrilamiento, que causó siete muertes, se quejaron entonces de que los curiosos, en lugar de prestarles ayuda, se limitaran a grabar en vídeo las escenas del desastre. Y, a mayores, un sindicato policial denunció -se ignora si con fundamento o sin él- que un grupo de jóvenes había aprovechado la confusión de la tragedia para robar equipajes y teléfonos móviles. No hay noticia alguna, en cualquier caso, de respuestas solidarias de la población.

Tampoco hubo queja, ciertamente, de la actuación de los servicios de salvamento que, al igual que en Santiago, demostraron la profesionalidad que se les supone. Las autoridades francesas, por supuesto, continúan con la investigación de las causas del accidente dos semanas después de que ocurriese; aunque nadie –por fortuna– les acuse de falta de organización ni de lentitud en su proceder.
Aquí, en cambio, estamos ya de rebajas: y ni los vecinos de Angrois quedan fuera de esos saldos. España, en fin.

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