por peteneras

La razón de Marhuenda

28.08.2013 | 02:00

Los seres humanos proceden de la literatura, como las ficciones son el producto de la actividad de los primeros, en una suerte de cruce de influencias permanente. A veces, las creaciones literarias se consolidan, acaban cuajando en realidades objetivas y se manifiestan en forma de personajes que pasean por la calle como si tal cosa, asisten a celebraciones, van a misa, comen, beben, se incorporan a cofradías y van en metro. En el otro extremo, los nacidos por la vía habitual pueden transmutarse en arquetipos, en ideas o en versos sueltos. Las artes de la interpretación, comenzando por el teatro, los relatos orales y los romances de ciegos, constituyen las primeras manifestaciones de este tipo de prodigios. Luego el cine los magnifica y los pone del revés, los vuelve los forros y los reconstruye mezclando retales de humanidad con fragmentos literarios. El resultado son creaciones mixtas, complejas, poliédricas, en las que, en ocasiones, no es posible distinguir el origen ni la paternidad precisa. Cuando se alcanza esta situación se cumple el ciclo creativo, y los espectadores y los personajes de ficción acaban confundiéndose, mezclándose, copulando entre ellos como si se tratase de la misma especie. De hecho lo son, aunque la procedencia se pierda en la noche de los tiempos y nadie sea capaz de recordar cuando empezó todo. Cada día, al salir de casa temprano, uno no está seguro de si se trata de él o de su proyección en la pantalla, de su sombra chinesca o de su imagen especular. En los últimos tiempos se ha producido una eclosión de personajes supuestamente reales que vienen directamente de la literatura, y que han acabado ocupando ciertos puestos de trabajo para los que están hechos casi a medida. Uno de ellos es Marhuenda, que habla mucho en las tertulias, sobre todo las televisivas, a pesar de que su físico es más de caricatura que de icono mediático. Según su biografía oficial, Marhuenda se inició en las actividades públicas en la política de partido, y fue responsable de alguna dirección general cuando Rajoy pasaba por los ministerios. La realidad es que Marhuenda –que, según ha confesado, tiene casa "porque ha estudiado y se la paga"– procede de la literatura y es el trasunto mundano de un personaje de ficción nacido en los cincuenta. A Marhuenda se lo inventó Rafael Azcona en la páginas de La Codorniz, cuando –según contó varias veces el escritor– en España hacía mucho frío y olía muy mal en los cines de sesión continua. Nació ya crecido, con la misma pinta de la actualidad y lentes del mismo corte, y dícese que lo primero que hizo al hablar fue chivarse de los escarceos amorosos de su niñera en el Retiro, lo que a la pobre muchacha le costó el empleo. Lo cual que Marhuenda siempre ha sido un acusica, aficionado a la delación magnificada y a la gesticulación de barraca.

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