tribuna abierta

Los derechos de Miranda

28.08.2013 | 02:00

Se conoce como "derechos Miranda" ésos que la Policía de EEUU está obligada a leer a los detenidos mientras les pone las esposas. Lo hemos visto en docenas de películas: tiene derecho a guardar silencio, cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra ante un tribunal, tiene derecho a un abogado... Miranda se apellida también la pareja de Glenn Greenwald, el periodista de The Guardian que llevó al papel las filtraciones de Snowden, pero a él, como lo detuvieron en Reino Unido, y no en EEUU, no le leyeron sus derechos. Y no sólo eso: le retuvieron en Heathrow durante nueve horas, el máximo permitido por la ley antiterrorista británica, y le exprimieron como a una naranja hasta que accedió a dar a los policías las contraseñas de su portátil y su móvil.

Ocurrió el pasado día 18, cuando el vuelo que traía a David Miranda, brasileño de 28 años, desde Berlín hizo escala en el aeropuerto londinense. Sus abogados –que el jueves consiguieron que un juez impida al Gobierno británico "copiar o compartir" la información que le fue incautada– describen su experiencia como "aterradora": sólo contó con la asistencia de un letrado en la última de las nueve horas que duró su retención, y los agentes ni siquiera le dieron un bolígrafo para que pudiera anotar las preguntas que le hacían. O sea, que fue tratado como un terrorista, lo que, bien mirado, también hubiera impedido que en la tierra de Lincoln le leyeran los derechos que llevan su nombre.

La conclusión es que Miranda (David) no tiene derecho a beneficiarse de los "derechos Miranda". Primero, porque no vive en EEUU; y segundo, porque estaba haciendo de "correo" para Greenwald, quien, como se sabe, está causando un daño irreparable a la seguridad global al revelar de qué herramientas de espionaje se sirven los padrinos de la libertad para garantizar la supervivencia del modo de vida occidental, que, como también se sabe, tiende a ser cada vez menos libre.

Si no le haces la guerra al terror en plan Bush, tienes que prevenirla, y Obama, más moderado y más zorro que su predecesor, ha elegido espiar más y guerrear menos. Pero todo tiene un límite, y uno de ellos es que no se puede (no se debe) poner cortapisas al trabajo de los periodistas, que, con sus revelaciones, también garantizan nuestra libertad (libre es quien sabe, no quien ignora).

Se entiende el cabreo de Washington con Snowden, pero no el de Reino Unido con su mensajero, Greenwald, salvo que sea cierto, como alguien dijo, que Londres es la capital del 51º. Estado de la Unión. Y menos todavía se entiende que los rectores de la lucha antiterrorista se ceben en el mensajero (correo) del mensajero, Miranda, a quien se intimidó sabe Dios con qué métodos para que abriera a los policías sus dispositivos informáticos.

La cuestión es a quién pertenece la información facilitada por Snowden a Greenwald a través de Miranda. Y, también, en qué grado de cinismo incurren las inteligencias estadounidense y británica cuando pretenden beneficiarse de la era digital y de internet para espiar a medio planeta sin admitir que los espiados (todos los demás) puedan aprovechar los intersticios que dejan los bits para dar a conocer lo que se espía. ¿Cinismo? Mejor ingenuidad o imposibilidad de abarcar tanto como se desea. Visto lo visto, quizá deberían volver al papel y a la escritura con jugo de limón, y así Miranda no hubiera tenido que reclamar que le leyeran sus derechos: le habría bastado con darse un ácido atracón de folios al ver aproximarse a los agentes.

¿O es que el regalo de internet era para esto? ¿Nos dieron esta herramienta de comunicación global para que fuéramos más libres, o sólo para que, una vez metidos en la red todos nuestros secretos y contactos personales, estuviésemos más controlados? Controlados allí donde nos creíamos libres. La respuesta, quizá, esté en este titular: "La inteligencia de EEUU pagó millones a los gigantes de internet por espiar para ella". Es la última filtración de Snowden a The Guardian. Y ya obraba en poder de Greenwald antes del arresto de Miranda.

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