tribuna abierta

Costumbres que no hay que perder

28.08.2013 | 02:00

Aprincipios de junio, disfruté de la lectura del premiado libro de Silvia Solé El verano que empieza, guardado hasta entonces para que fuera mi talismán de la suerte, para encarar el verano que apenas empezeba. No me costó mucho, gracias a la destreza con que está escrito, empatizar con los personajes y las vivencias de aquellas dos familias, emocionarme y hasta llorar en algún momento dado. Mi marido me miraba y se reía de mí constatando mi trasiego mientras leía el libro. Pero no quiero hablar de libros hoy, sino de la importancia del verano y las vacaciones en nuestras vidas. Las fiestas de San Juan marcaban un cambio en nuestras vidas.

Era el momento de romper con todo, para hacer un paréntesis que lo abarcaba todo, haciendo las maletas para trasladarnos a un otro entorno totalmente diferente de lo habitual. Cambiábamos de casa, y emprendíamos un viaje largo e inacabable hacia el pueblo. Recuerdo como de niña, todo este movimiento me causaba una gran emoción. La madre preparando las maletas, el padre repasando el coche, asegurando que todo quede en orden y que nada pusiera en peligro nuestra pequeña aventura.

Pero quizás lo que recuerdo con más fuerza y, aún hoy en día con cierta extrañeza, era el cambio de vida que experimentaba. ¿Cómo podía ser que cambiara todo mi entorno, la gente con la que me relacionaba durante todo el año de un día para otro?

Si, en mi infancia la cosa funcionaba así: de golpe pasaba de tener horarios, mil obligaciones y horarios estrictos, a la libertad. La libertad de jugar en la calle, en Barcelona era impensable. La libertad de poder ir a dormir más tarde, incluso algún día a día que a mí me parecía que era muy tarde. Sólo aparecía para comer, merienda pan con aceite, y para cenar, mientras escuchaba a mi madre quejarse: esto parece un hostal!
Y los amigos, qué decir de los amigos de verano. Aquel grupo que se convertían en compañeros de mil y una aventuras para desaparecer al final del verano a la espera del reencuentro del siguiente año. Qué sensación más extraña!

Te reencontrabas con los amigos después de un año y al cabo de pocos minutos, parecía que no te hubieras separado nunca de ellos. No había vergüenza en aquellos encuentros, todo fluía de forma natural, como si aquellos amigos los hubieras visto cada día del año.

Así recuerdo los veranos de infancia y ahora los revivo cuando veo a mi hija experimentando lo mismo. Ahora como adultos tenemos muchos menos días de vacaciones y aquellos tres meses se convierten, en el mejor de los casos, en un mes, cuando no en quince días. Pero tengo la suerte de poder hacer aún la escapada de verano, de desconectar de la rutina del trabajo, y sobre todo, de ver como por nuestra hija estos días son un periodo de aventuras y de conocimientos como lo fue para mí .

Bien sea por lo que vivimos nosotros mismos o por la oportunidad que damos de vivir a nuestros hijos, creo que no debemos perder la buena costumbre de disfrutar de las vacaciones y volver, aunque sea durante quince días, a ser un poco niños.

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